• Maite R. Ochotorena

Relato: «Treinta y siete cajones»



—No tengas prisa.

—No la tengo, es que estoy nerviosa.

—Ya estamos, tú siempre te pones nerviosa.

—Y tú no ayudas, joder... Venga, cógela por los pies y tira hacia el cajón.

Sam obedece, aferra los tobillos de Ashley Booth con las dos manos y tira de ella. Pesa más de lo que había imaginado. Cuánto, ¿setenta kilos? Sam infla los carrillos y se muerde el labio inferior mientras se esfuerza por arrastrar su cuerpo por todo el pasillo hasta el sótano.

—Venga Sam, sólo unos metros más... —Sue tiene los ojos brillantes y la boca entreabierta—. Sólo... un... poco... más...

—¡Me cago en la puta Ashley! —Sam suelta los pies de golpe y los deja caer con un sonoro ¡TUMP!—. ¡Le dije que no zampara tanto!

—¡Ya sabíamos que tragaba mucho, Sam! —Sue también descansa, suelta a Ashley y se limpia el sudor de la frente con la manga del camisón. Luego se queda mirando su rostro con forma de corazón. Tiene el ceño fruncido, parece enfadada—. Era testaruda, la muy...

—Joder, sí. ¿Has visto cómo se retorcía? Me ha costado que dejara de patalear...

Sue menea la cabeza con disgusto.

—Puede que nos hayan oído, con tanto jaleo...

—No, no creo...

—¡Ha chillado como una loba! Joder, ¡tienen que haberla oído desde la China, Sam! Te dije que tuvieras cuidado...

Sam le dedica una mirada torva a su hermana.

—¿Ahora tengo yo la culpa?

—Era cosa tuya que no se revolviera, ¡ya sabías que yo no puedo con ella! ¡Mírame! ¡Apenas peso cincuenta kilos!

—Y tú tenías que dejarla KO antes de nada, ¿no?

—Le eché el sedante en el café, pero no se lo ha bebido... Me ha dicho que quería estar consciente, ¿qué querías que hiciera?

—Joder, ¡Sue!

—¡No podía obligarla!

—Haberme avisado...

—Haber llegado antes...

—¡Haberme ayudado en vez de quedarte mirando!

Sue levanta las dos manos pidiendo una tregua. Respira con agitación y tiene las mejillas encendidas.

—¡Vale! Vale... Llevémosla al cajón y se acabó.

Sam suelta un exabrupto, pero obedece. Coge de nuevo a Ashley por los pies y tira de ella los dos metros que les separa del sótano. Cuando al fin lo alcanzan, la meten entre los dos en un cajón, empujando y gimiendo para hacer que sus brazos y piernas, como pesadas morcillas, queden dentro. Al fin lo consiguen y lo cierran con la tapa de madera que reposa apoyada en la pared. Luego se sientan sobre él y comparten un cigarrillo. Están sudorosos.

—Es la última vez que hago esto —rezonga Sam.

—¡Pues claro que lo es!

—Ya, bueno... —Saca una lista de papel del bolsillo de su pantalón y la repasa. Hay treinta y siete nombres en ella, treinta y tres tachados. El último es el de Ashley Booth—. Ya sólo quedan cuatro.

—¿Cuatro? —Sue le mira de reojo—. No, son dos. —Se inclina para mirar la lista y señala con el dedo dos nombres—. Ahí, Thomas Parker, y ahí, Margareth Costridge, te has olvidado de tacharlos.

—Joder...

Sam saca su bolígrafo del bolsillo de su camisa y los tacha satisfecho.

—Eso, quedan dos.

Sam se queda pensando, con la lista en las manos.

—¿Cómo será?

Sue se encoge de hombros.

—Será como unas vacaciones, supongo.

Sam se ríe, ahora de mejor humor.

—Sí... —mira sobre su hombro. Hay treinta y cinco cajas apiladas en el sótano. Casi no hay espacio para los dos cajones que quedan, vacíos aún, junto a la puerta—. Habrá que echar mucho hormigón.

—Bah... No te preocupes por eso ahora. El camión vendrá en una semana.

Se miran el uno a la otra durante un rato y se sonríen.

—Me gusta mi cajón —dice Sue con dulzura—. ¿Te gusta tu cajón?

Sam asiente excitado. Mira los dos cajones junto al de Ashley.

—¿Ya?

—¿Para qué esperar?

Los dos hermanos sacan al mismo tiempo un cuchillo de cocina que llevan en la parte de atrás del pantalón. Sue es la primera en utilizarlo. Se lo clava a Sam en el pecho, con la curiosidad pintada en el rostro. Él suelta un gemido y se encoge.

—¿Duele?

—Uh... Un poco...

—Rápido Sam... —Sue jadea excitada—. ¡Ahora yo!

Él agarra con fuerza su cuchillo y se lo clava a ella, también en el pecho, hasta la empuñadura. La sangre mana a borbotones. Sue no gime, no llora. Sonríe.

—Duele un poco, mentiroso... —murmura.

Sam se ríe.

—Joder si duele...

Se ríen juntos. Luego, de común acuerdo, se meten cada uno en su cajón y se tumban boca arriba a esperar la muerte.

—Sue, ¿seguro que vendrá el camión?

—Seguro.

—¿Seguro... que... no vendrá... a husmear...?

—Seguro... Sam...

—Sue... Po... por qué... era... to...todo.... esto...?

—No me.... acuerdo...

—Jod... joder... Mi.... mierda...

Sue no contesta. Al poco se hace el silencio en el sótano y la luz del techo, programada para apagarse a las siete en punto, se extingue con un chasquido.