• Maite R. Ochotorena

«Creo en lo que veo... y en lo que no veo»

Hay quien no cree en otra cosa que en lo que ve. Yo creo también en lo que no veo, pero sí puedo sentir, creo en esas fuertes corrientes de energía que lo recorren todo, corrientes que te atraviesan y que, si estás atent@, predispuest@, puedes percibir e incluso seguir.

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Sé que os sonará a chino, pero durante la época en que salía a visitar a la gente en los pueblos y ciudades con mis libros a cuestas, empecé a notarlas. Esto que os cuento es algo muy íntimo —escribir sobre ello me provoca cierto pudor—, pero es importante que os lo transmita, luego os diré por qué. Y es que nuestras experiencias, ésas que vivimos en nuestro fuero, en soledad, son tan reales como la vida misma, y de hecho nos influyen a niveles difíciles de explicar.

Fue en Pamplona, creo, aunque después me sucedió en otras ciudades. Iba tranquilamente por la calle, empujando mi carro hasta arriba de libros: tal vez llevara en ese momento «Donde Habita el Miedo», no lo recuerdo. Me iba muy bien, pero muy bien. Llevaba toda la mañana encontrando gente dispuesta a escucharme, mucha empatía, buen rollo, sonrisas, y lector@s con ganas de descubrirme, de darme una oportunidad (GRACIAS). Había llegado a eso de las diez de la mañana, y para las once, de doce libros que me caben en el carro sólo me quedaban dos. Estaba en racha, estaba eufórica, sentía toda la fuerza del universo fluyendo por mis venas...

En ese instante, mientras salía de una peluquería en la que había dedicado tres novelas a personas maravillosas, de pronto... percibí que algo me empujaba, como una brisa fresca, una corriente viva, activa, positiva, que circulaba siguiendo cierto recorrido invisible que casualmente (o no), era el que yo iba siguiendo. La percibí con todos mis sentidos, atravesándome, y me hacía respirar y desear volar.

¿Magia? ¿Estaba tan contenta que empecé a alucinar? Mmmmm... NO. Os juro que no. Fui muy consciente de que llevaba toda la mañana siguiendo aquella corriente, por instinto, sí, seguramente, y me había impregnado de su fuerza, y esa fuerza se contagiaba a todo el que me escuchaba.

Bien, pues quise seguirla, y durante un rato lo logré... Hasta que al doblar una esquina, «sentí» que esa brisa desaparecía, como si alguien hubiera cerrado la ventana de golpe, ¡PLAF! De pronto dejé de sentirla y me vi en una calma chicha total. Fue tan fuerte la impresión que me detuve en seco, hasta levanté la mirada sin comprender por qué de pronto el suelo bajo mis pies ya no vibraba. Me giré en todas direcciones, como el animal que ventea en busca de su presa... Regresé por donde había llegado, doblé esa esquina... NADA. Me había apeado de la corriente, como el que se baja de un tren en marcha.

El resto de la mañana, pese a que yo no había perdido mi entusiasmo, la gente ya no me recibía igual. No vendí ni un libro más. No, no me sugestioné. LO PROMETO.

Aún le suelo dar vueltas a esta experiencia. Se suele repetir cuando estoy receptiva, a un nivel que desde luego soy incapaz de racionalizar ni dominar. Pero ahora soy consciente de la existencia de esas corrientes, y las percibo muchas veces. No puedes buscarlas, simplemente te cruzas con ellas o no... Cuando sé que vuelvo a tener ese viento a favor, lo aprovecho al máximo, dure lo que dure.

Y ahora os diré que «El Sueño de Valentine»se basa en muchas de estas sensaciones que he experimentado y de otras de las que puede, «sólo puede», que os hable otro día. Valentine es pura magia, es sensación, es hablaros de ese universo que nos rodea y que solo a veces percibimos tal y como es. Somos energía pura, la vida es energía, el mundo es energía, y todos estamos conectados de algún modo.

¿Has sentido alguna vez cómo se te eriza el vello porque sientes que hay algo más que no puedes identificar? Todos lo hemos sentido alguna vez. No tengas miedo... Es MAGIA.