• Maite R. Ochotorena

Bocaditos de Suspense: «El éxito es de los audaces»



—Métete en tus cosas...

—¿Así vas a comportarte? ¿Cómo una cría respondona?

—Así es como soy. Si no te gusta...

—Me hago una idea...

Clark la observa. Está molesto, pero aún espera que ella retroceda un paso o dos. Miranda vuelve el rostro de forma obstinada y se queda mirando las gotas de lluvia en el cristal de la oficina.

—...supongo que tenía que habérmelo imaginado... —murmura al cabo de un minuto. Está decepcionado.

—Por cierto —salta de pronto Miranda—... ¡Que disfrutes de tu regalo!

—¿Qué regalo? —se extraña él.

Pero Miranda no se molesta en contestar. Le da la espalda y se cruza de brazos. Su reflejo en el cristal muestra un torvo semblante y unos ojos brillantes cargados de soberbia. De pronto sonríe, hay un fondo triunfal en su sonrisa.

—...que tengas buen día, Miranda...

Clark sale del despacho y cierra la puerta con suavidad. No sabe cómo gestionar las emociones que le embargan: furia, impotencia, despecho, decepción, tristeza... Ahora sabe que no puede confiar en Miranda, de hecho, comprende que nunca debería haberlo hecho. Acaba de dejarle claro que es una trepa fría y egocéntrica.

—Ey, Clark, ¡buenos días! —le saluda Irving. Arquea las cejas con lástima, y a Clark se le revuelve el estómago—... Siento lo del ascenso, no es justo amigo...

—Ya... Gracias Irving...

¿Va a tener que tragar toda la mañana con las muestras de compasión de sus compañeros? Clark no está dispuesto. Sale de la oficina y baja al garaje. Si no va a ser el nuevo subdirector de la empresa, se tomará la mañana libre.

Sonríe, satisfecho de su pequeña rebelión.

Su coche aguarda aparcado cerca de la entrada del parking subterráneo del edificio. Saca el mando y activa la apertura centralizada. El Piiip suena alto y claro. A continuación se escucha un sutil chasquido. Las luces del «Volvo» parpadean.

«...que te jodan Miranda...»

Abre la puerta del conductor y...

¿Un paquete?

«¡Que disfrutes de tu regalo!», le ha dicho esa arpía sibilina...

Lo estudia con precaución. Es grande, cuadrado, y parece pesado. Está envuelto en un elegante papel plateado, con un enorme lazo bermellón de seda. Clark alarga una mano y tira de un extremo del lazo, que se deshace con facilidad. Mira alrededor. No hay nadie mirando... Mejor.

Ahora rasga el delicado papel, y descubre una caja de cartón de colores brillantes, moderna y femenina.

—¿Qué... —Clark no entiende nada...

Duda... Pero al fin vuelve a alargar la mano y levanta la tapa.

La cabeza del subdirector Arthur Callahan aparece ante sus ojos, con una nota saliendo de su boca grotescamente abierta. Dice así:

«Sólo los audaces ascienden, el resto se queda donde está, sirviendo a los audaces»

@ 2018 Maite R. Ochotorena

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