• Maite R. Ochotorena

Bocaditos de Suspense: «El adivino»



Hay quien dice que el señor Dillehall puede ver el futuro; que con sólo mirarte es capaz de predecir si vas a morir, incluso cuándo... Mucha gente no quiere acercarse a él por temor a que la muerte les señale, porque si Dillehall la ve en tus ojos, es seguro que al día siguiente, estarás muerto.

Pero Darrell no le tiene miedo a la muerte.

Él quiere saber.

Le visita una tarde cualquiera. Le encuentra en su porche, sentado en la escalera. Está pelando una manzana. Hay algo especial en el modo en que maneja el cuchillo y arranca la piel de la fruta en una sola tira, larga y rizada. La tarde es apacible y en el porche de su vieja casa, aislada del pueblo, hay una calma primaveral que invita a la reflexión.

Darrell se aproxima con una sonrisa expectante en su rostro. Tiene diecinueve años y se siente lleno de vida. Está seguro de que la muerte no le espera a él. No al menos en mucho tiempo.

Dillehall alza la mirada al sentirle cerca.

—¿A qué vienes, Darrell?

—¿Me conoce? —se asombra el muchacho.

—Conozco a todos los habitantes de este pueblo.

Se lleva el primer trozo de manzana a la boca y mastica despacio, saboreando el dulce jugo que contiene. Darrell se queda delante de él, sin saber cómo abordar la cuestión que le ha movido hasta su porche.

—¿Vas a preguntar?

—¿Cómo sabe que quiero preguntarle algo?

—Todos vienen por lo mismo. Tú también, pero no te atreves a preguntarme. ¿Te da miedo?

—¿Miedo? No, no lo creo...

—¿Y entonces?

—Bien... Quiero saber si puede ver cuándo voy a morir.

—¿Seguro?

—Seguro. No será pronto.

Darrell sonríe con seguridad, pero Dillehall le observa con el ceño fruncido, demasiado atento, fijos sus ojitos ancianos en los suyos. Esto incomoda al joven, que ahora se pone nervioso.

—Tal vez no deberías haber venido, Darrell.

—¿Por qué?

—¿Quieres saberlo?

—Bueno, sí, ya que estoy aquí...

—Vas a morir mañana mismo.

Darrell no reacciona. Aún sonríe estúpidamente. Luego, poco a poco, el significado de las palabras que acaba de escuchar, cala en su cerebro.

—¿Mañana? ¿Cómo?

—Eso no lo sé aún.

—Se equivoca.

—Todo el mundo dice lo mismo, y luego...

—Se equivoca.

Darrell se arranca del porche y sale corriendo, temeroso, furioso... No esperaba oír aquello. «Vas a morir mañana mismo»... Qué sandez. Se siente pletórico de vida, fuerte, audaz... Decide ignorar lo que Dillenhall ha dicho y se vuelve a su casa, a cenar con su hermana y su madre en el patio.

Hace una buena noche. No les cuenta nada de su visita a DIllenhall.

Pero esa noche no puede dormir. Da vueltas y más vueltas en la cama. En el fondo teme el vaticinio del viejo. Suele acertar, no... siempre acierta...

El día siguiente lo pasa en casa, sin salir, por miedo a sufrir algún accidente. Procura no hacer nada que pueda ayudar a Dillenhall a tener razón, y no hace nada peligroso, de hecho, no hace nada, salvo estar tumbado en su cama, esperando... esperando...

Se sorprende cuando pasa el día completo, y otra noche más, y sigue vivo.

Al despertar por la mañana, está pletórico. ¿Ha burlado a la muerte, o Dillenhall se ha equivocado por primera vez?

Decide ir a verle, y echarle en cara su error.

Le encuentra en el mismo lugar donde estaba la tarde en que le dio su fatal veredicto., tranquilo, fumando... No se inmuta al verle llegar, y eso a Darrell le molesta. ¿No debería sorprenderse?

—Buenos días —le saluda.

—Buenos días, Darrell.

—¿Y bien?

—¿Y bien... qué?

—No he muerto. Usted se ha equivocado.

—No lo creo.

—Pero dijo que iba a morir ayer, y aquí estoy...

—Si te hubiera dicho que ibas a morir hoy, no habrías venido—sonríe Dillenhall.

© 2018 Maite R. Ochotorena

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