• Maite R. Ochotorena

Relato: «Ayúdame, Mel»



—Cuéntame.

—No, si no hay nada que contar.

—¿Ah, no?

—No sé qué quieres que te diga...

—Pues... ¿por qué tienes un cadáver en tu cocina? ¿Por ejemplo?

Silencio.

—¿Dot?

—Joder, ¿qué más da?

—Mujer, me daría igual si fuera el cadáver de una rata, una cucaracha, una araña, algo que has matado con el pie... Pero ése de ahí es una persona. ¿Quién es?

—Un tío cualquiera.

—Ya, ¿has sido tú?

Dot asiente despacio.

—¿Y?

—Oye, no quiero hablar de eso... ¿vas a ayudarme, sí o no?

—Para eso me has llamado, ¿no? Para que te ayude a deshacerte de un puto muerto.

—Para eso están las amigas, digo yo...

—Pues mira, si voy a pringarme, quiero saber por qué.

—No quieres.

—Sí que quiero.

—No, no quieres, en serio.

—Dot... O me lo dices, o me levanto y me largo.

Dot se lo piensa. Están las dos sentadas en el suelo, con la espalda pegada a la pared. El cuerpo de un hombre yace a poco más de medio metro, con la cara hundida y ensangrentada.

—Es ese tío... —confiesa Dot. Se enciende un pitillo y le da una calada larga y profunda.

—Qué tío...

—El del parque.

—¿El que te seguía cuando ibas a correr?

—El mismo.

—Qué pasa, ¿te ha agredido?

Dot sigue fumando. No parece nerviosa, ni asustada. Está muy tranquila.

—No, no ha podido hacerme nada.

—Pues no lo entiendo.

—¿No es evidente?

—Para mí no. Dot, o me lo aclaras o me largo, YA.

Dot le pasa el cigarrillo a Mel y frunce el ceño. Luego se levanta, rodea el cuerpo inerte del tipo del parque y lo coge por los pies.

—No te necesito. Vete si quieres.

—Joder, Dot. Eres muy terca, ¿lo sabías?

Dot empieza a arrastrar el cuerpo por el suelo de la cocina. Deja un rastro ancho y sanguinolento.

—Dot... ¡DOT!

Mel apaga el cigarrillo, se levanta y va tras ella. La sigue mientras traslada el cuerpo hasta el baño, donde ya ha extendido un plástico para envolver el cadáver. La observa hacer. Dot deposita al tipo anónimo con la cara machacada sobre el plástico y comienza a envolverlo.

—Dot... Me voy.

—Haz lo que quieras.

Mel no puede creerlo. Pese a sus palabras no se mueve.

—Dot...

Ahora Dot levanta la cara y deja lo que está haciendo. Tiene las mejillas encendidas, los ojos hirientes, sostienen las lágrimas, una rabia profunda, la decepción y una inquisitiva desesperación.

Mel se siente mal. De pronto se adelanta, coge a ese desconocido por los brazos y la ayuda a envolverlo. Ve en el bolsillo de su pantalón vaquero unos guantes y una cuerda. No dice nada. Entre las dos lo enrollan en el plástico y después limpian el pasillo y la cocina a fondo, hasta borrar todo rastro de sangre del suelo.

—Gracias —murmura Dot cuando terminan.

—¿Qué hacemos con él?

—Llevarlo al garage. Lo metemos en el maletero y vamos a la montaña. Lo enterramos en un hoyo bien profundo y lo olvidamos.

—¿Tienes palas?

—Tengo de todo.

Mel asiente despacio.

Dot le lanza las llaves del coche, coge el bulto inanimado y ella hace lo propio desde su lado. Lo levantan y se dirigen a la puerta del garaje.

Al cruzar la puerta, Mel ve en el suelo un pasamontañas. está arrugado y tirado en un rincón. Pasa por encima. Tampoco esta vez dice nada. Cuando encierran el cuerpo en el maletero mira a Dot, Dot le devuelve la mirada, toma aire, se seca las lágrimas y se monta en el coche.

—¿Vienes?

—Al mismísimo infierno, Dot. Joder, al mismísimo infierno.

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