• Maite R. Ochotorena

Relatos: «Vecinas»



«Ahí viene la puta de la Molly...» Me instalo en el hueco de la ventana y aparto la cortina tres dedos, lo justo para espiar sus movimientos sin que me vea. «Qué fea es la jodía...» No puedo con ella. Tres años viéndola ir y venir, siempre con esa estúpida sonrisa en la boca. Se la estamparía de un porrazo, ¡JODER! Y mira cómo anda, y todavía alguno se da la vuelta, ¿¿¿pero qué le ven esos gilip...??? Se cuela en el portal y juro que aún la veo durante un rato. La imagino subiendo las escaleras, contoneándose, canturreando alguna cursilería... Seguro que se cruza con Derryll y le mira el culo... No lo soporto. Tengo que hacer algo, algo letal, algo para que se trague su inmenso ego. Voy a mandarla al puto infierno. Uno, dos, tres... ¿Qué hacer? Casi oigo el tic-tac del tiempo paladeando los segundos; mi mente trabaja mientras me paseo por el dormitorio, arriba, abajo, arriba, abajo... Mis pasos suenan amortiguados sobre la alfombra, y pienso, pienso... «Pienso... que voy a ir a matarte directamente. YA» Cojo mi abrigo, voy a la cocina, saco el cuchillo más grande que tengo del cajón... Joder, la sonrisa que asoma en mi cara arrasa con la rabia y no me aguanto. «Corre, antes de que se te pase...» Salgo de mi apartamento y bajo hasta el tercero como una hiena. Casi puedo escuchar mis carcajadas en las escaleras, JAJAJAJAJAJAJAJAJA Su puerta es la C. Me detengo a un palmo, cuchillo en mano, los ojos enfermos, sedienta de venganza. ¿Por qué la odio tanto? «Porque es una pretenciosa de mierda, porque se lleva todos los saludos, porque le mira el culo a Derryll, porque no sabe que existo...» Jódete Molly... Llamo al timbre. Oigo las patitas de un perrito y un jadeo alegre. Luego unos pasos y la puerta se abre. ¿Desde cuándo Molly tiene perro? Una bola blanca de pelo se me echa encima ladrando, se me sube, trepa, ladra... —¡¡Dax!! Molly se ríe, y se disculpa. Agarra al chucho del collar y lo levanta en el aire para cogerlo en brazos. Se me queda mirando... y no me reconoce. Pues claro que no, no sabe que existo... Luego mira mi cuchillo, me clava una mirada curiosa, arquea las cejas... —¿Quieres pasar? ¿Pasar? ¿Por qué no la he matado ya? Acepto y me deja entrar. Dax olisquea mi pelo. Lo oigo jadear mientras recorro el corto pasillo. —Pasa al salón, ¿quieres tomar algo? —No. —Voy a ponerme un refresco, estoy sedienta, ¿seguro que no quieres nada? ¿Por qué me sonríe? Es odiosa. Su pelo cae en cascadas sobre su pecho, una espléndida mata de rizos azabache. Odio cómo luce a la luz de la mañana. Aún sujeto el cuchillo. Ella lo mira, me mira... —¿Estás bien? Pone su mano sobre la mía, la que sostiene el cuchillo, y joder, su contacto me quema la piel... —Te vi el otro día Sammy, cuando venías de correr. ¿Sueles ir todos los días, ¿no? Me quedo helada. ¿Sabe mi nombre? Asiento con la cabeza. La bilis trepa por mi garganta y se me acumula como una bomba de veneno, a punto de salir disparada... Molly sonríe, aparta la mano y se sienta a mi lado. —Siéntate. Da palmaditas en el sofá, y yo, como una muñeca sin cerebro, obedezco. Dax jadea sobre sus rodillas. Sus ojos color chocolate me observan con interés. —Me das mucha envidia, yo soy incapaz de hacer deporte, ufff... Abro la boca para decir algo, pero no me sale nada... «¿No ibas a liquidarla? ¡HAZLO YA!» Mi mano se queda muerta, los dedos agarrotados en torno a la empuñadura. —¡Ay! El refresco, qué tonta... Se levanta, deja al chucho en el sitio que ocupaba hace unos segundos y se larga. La oigo trastear en la cocina, y canturrea... Odio que lo haga... De pronto la furia regresa, hierve en mis venas, noto cómo la sangre se me sube hasta la cara. Me pongo roja... Voy a levantarme, y Dax me ladra. De pronto se pone frenético, creo que intuye lo que voy a hacer. —¡Cállate joder...! Pero salta como un poseso y sus dientes me atraviesan el antebrazo. Ostia p.... ¡JODER QUÉ DAÑO! —¡Suéltame! Sacudo el brazo y me levanto, pero el maldito perro se queda colgando, gruñe como un demonio, hunde más sus afilados dientecitos, y yo bailo por el salón, zarandeándolo como una loca. Molly aparece con su refresco. Al ver la escena su rostro se transforma. No puedo creerlo. No parece ella... «¿Ésa es Molly?» Su sonrisa angelical se torna demoníaca, sus mejillas parecen ascuas incandescentes. Suelta el refresco, cruza la sala, agarra al perro, lo arranca de mi brazo y lo arroja contra la pared, ¡¡BLAM!! Casi me da pena. Dax cae el suelo y se queda inerte, como un peluche de pelo blanco... Mi brazo sangra... —Y tú... Molly se acerca a mí, me enseña los dientes, los ojos fieros, el pelo saltando en torno a su rostro desencajado. Me agarra por el cuello y aprieta, me obliga a retroceder hasta toparme con la ventana. ¡BUM! Mi espalda golpea el cristal y aplasta la cortina. —Tú... ¡Joder! Levanto el cuchillo, ahora, ¡es ahora! ¡esta tía está loca! Pero Molly sonríe, tira de mí hacia ella, y luego me empuja, otra vez, adelante, atrás, contra el cristal... BUM, BUM, ¡¡¡BUM!!! ¡¡¡¡CRASH!!! Cuando rompe la ventana con mi cuerpo, se ríe como una loca. Los cristales caen al suelo como una lluvia cortante. —Jódete Sammy... ¿Venías a matarme con ese puto cuchillo? Me quedo helada. Me sostiene un momento, me falta el aire, sus dedos se hunden en mi garganta, son como tenazas, y dejo caer la mano que sostiene el cuchillo... Y entonces me arroja por la ventana. «Me cago en la p... Molly de los c....»

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