• Maite R. Ochotorena

Relato: «Deja tranquilo a Toni»



—¡Dale fuerte, Janice! Berta sujeta al Señor Pibody con las dos manos mientras su mejor amiga golpea con los puños en su estómago de trapo. —¡Más fuerte! —chilla. Tiene el rostro infantil congestionado. Berta resopla y emplea toda la fuerza que tiene a sus siete años. De pronto al Señor Pibody se le cae la cabeza de madera al suelo. Las dos amigas detienen su juego, perplejas, y se quedan mirando el cuerpo de trapo descabezado. —Se ha roto... —se lamenta Janice. El Señor Pibody era su preferido. —¡Sí! Berta suelta una risotada y deja caer al Señor Pibody. Ya no le divierte jugar con él. Janice en cambio recoge la cabeza del suelo y le da vueltas, sin saber qué hacer. —Ahí está ese pelmazo de Toni Sommersen —anuncia Berta. Se ha asomado a la ventana, está de de rodillas sobre un almohadón—. Fíjate cómo anda, parece un anciano... Janice deja la cabeza del Señor Pibody y se acerca a ella para mirar a Toni. Le ven cruzar la calle, hacia la vieja librería del barrio, la del señor Thombton. —...se pasa el día metido ahí —bufa Berta. Sus ojillos maliciosos brillan mientras su perverso cerebro busca algo que hacer—... ¿Por qué no vamos a jugar con él? —¿Y el señor Pibody? —Está roto, ya no nos sirve. Berta abandona la ventana y corre fuera de la habitación. Janice duda, no sabe qué hacer. Mira al pequeño Toni, solo en medio de la calle, y teme por él. —¡Janice! ¡Vamos! Berta ha regresado. Se nota que está impaciente. Se asoma por la puerta. Puede ser tan dominante... Janice tiene miedo, Berta la asusta mucho. —No creo que Toni quiera jugar con nosotras... ¿Y si le dejamos tranquilo? —propone con timidez. —¿Bromeas? Berta da un paso hacia ella. Tiene un aire amenazador, sus ojitos oscuros brillan con un fulgor extraño. —Quiero jugar con Toni. Y tú también. Janice abre la boca y la vuelve a cerrar. Al fin obedece. Salen a la calle, y corren hacia la librería del señor Thombton. Enseguida alcanzan al chico, que renquea un poco al andar. Tiene una pierna ligeramente más corta que la otra. No las oye llegar. Sólo cuando Berta se pone a su lado y se cuelga de su brazo se percata de su presencia. Pone cara de sorpresa y se detiene de golpe. Conoce a Berta. Sabe que es mala y retorcida. —Hola Toni —Berta le saluda con voz melosa. Apoya su cabecita rubia en su hombro y suelta un suspiro prolongado—... Janice y yo te hemos visto desde la habitación, y Janice quería bajar a jugar contigo —sonríe a Janice, que escucha lo que dice con la carita pálida—. Yo no quería, pero me ha convencido, y ahora me parece una buena idea. ¿Quieres jugar con nosotras? Toni se suelta de su brazo y se aparta unos pasos. La observa con atención, el rostro moreno serio y asustado. El flequillo, largo y liso, le cuelga por delante de los ojos, pero a Janice siempre le llaman la atención; son muy azules, tan azules como el cielo. —Voy a la librería, ahora no tengo tiempo para jugar... A Berta se le contrae el semblante y una expresión fiera amanece en él. Luego arquea las cejas y se acerca a Toni, despacio. —¿Qué pasa, Toni? ¿No quieres jugar con nosotras? ¿Prefieres enterrarte entre tus preciados libros? —Toni palidece y retrocede un paso—. ¿No será que eres una apestosa rata de biblioteca? No tienes amigos, nunca hablas con nadie... —Berta... —Janice trata de detenerla. —Oh, vaya, ahora Janice quiere defenderte, pero a mí no me das pena. Quiero jugar contigo —sonríe sin alegría, y agarra con fuerza a Toni por el brazo—. Ven con nosotras, sólo será un rato... Toni trata de soltarse, pero la mano de Berta es como una garra de piedra, sus dedos se clavan en su antebrazo con rudeza. Le arrastra calle abajo, hacia una plazoleta triste y solitaria. Janice les sigue unos pasos por detrás, incapaz de hacer nada más que seguirle el juego a su amiga. —Date la vuelta. Berta le empuja y hace que le de la espalda. Entonces le agarra los brazos por detrás, igual que ha hecho un rato antes con el Señor Pibody. —Vamos Janice, ¿a qué esperas? Janice la mira sin comprender. —¿Qué... —¡Dale fuerte! ¡Vamos! Toni se revuelve, pero Berta es muy fuerte, y le mantiene anclado al suelo, inmovilizado. Sólo puede patalear. —¡Dale Janice! —ordena Berta. Sus ojos se vuelven negros, su boca se agranda y unos dientes afilados asoman a través de sus labios rojos. Todo su rostro es una máscara de horror. Su voz se torna grave y profunda. —¡DALE JANICE! ¡DALE FUERTE! O YO... JUGARÉ CONTIGO... Entonces Janice se echa a llorar, se coloca delante de Toni, que no deja de revolverse, y le golpea. —¡¡MÁS FUERTE!! Toni abre la boca para chillar, pero no tiene voz. Boquea sorprendido, tratando de llamar pidiendo auxilio. Un nudo aprieta su garganta con fuerza, ahogando sus gritos. —No puedes chillar, Toni —le susurra Berta—... VAMOS JANICE... ¡¡¡¡DALE!!! Y Janice lo hace. Cierra los ojos con fuerza e imagina que está jugando con el Señor Pibody. Golpea a Toni en el estómago, una y otra vez, con toda su energía, golpea, golpea, golpea... Y Berta se ríe a carcajadas, los ojos negros enormes y furiosos, la boca deforme abierta muy cerca del rostro lloroso de Toni. —¡¡¡MÁS!!! ¡¡¡MÁS!!!! —aúlla sin cesar. Toni se encoge, el dolor le atraviesa, mientras Janice le clava sus puños infantiles una y otra vez, como mazos de piedra, BUM, BUM... De pronto su mano derecha se cuela en el bolsillo de su abrigo. Toni hurga con dedos temblorosos, buscando, buscando... Berta le sujeta sin piedad, pero aún puede mover el antebrazo, lo suficiente... Cuando alcanza su navaja, la que utiliza siempre para pelar la naranja del almuerzo, y se la clava a Berta en la pierna, siente cómo afloja las manos. De un tirón se libera. Janice oye a Berta gemir... Sorprendida, detiene sus golpes y abre los ojos. Toni tiene un cuchillo ensangrentado en la mano. Se gira hacia Berta y se lo clava en el corazón, una, dos veces, tres, cuatro... Berta cae de rodillas, mira a Janice, quiere decir algo... Cuando se desploma, Janice echa a correr. Toni guarda la navaja y abandona la plaza triste y solitaria.

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