• Maite R. Ochotorena

Bocaditos de Suspense: «Zu no se encuentra bien»



—Átate los zapatos.

—Quiero llevarme a Zu mamá.

—¿Al colegio? Ni hablar.

—¡Pero no quiero dejarle solo!

—Átate los zapatos, llegamos tarde.

—¿Y Zu?

—¡Ni Zu, ni nada!

La carita de consternación de Ben es tan conmovedora que su madre se agacha y coge su carita dulce entre las manos.

—¿Por qué es tan importante para ti, si se puede saber?

—Está enfermo, no quiero dejarle solo...

—Sólo es un hámster. No puedes llevarlo al colegio, Ben, ya lo sabes. Además, yo cuidaré de él.

—¿Lo prometes? —los ojos de Ben se agrandan, esperanzados.

—Claro, palabra de Capitana —Susan le guiña un ojo, y logra arrancarle una sonrisa a Ben.

El chico se agacha y se ata los zapatos, de mejor talante. Luego estira la mano y se agarra a la de su madre. Esboza una leve sonrisa.

—Vamos, hoy vas a tener un día genial, ya verás Ben.

Pero antes de cruzar el umbral, de nuevo el chico se detiene. La mira con gravedad.

—¿Qué pasa ahora?

—¿Me avisarás si Zu se pone peor?

Susan suelta un prolongado suspiro y se acuclilla a su lado.

—Te avisaré. Es más, lo llevaré al veterinario si veo que le hace falta.

Ben vacila. Frunce el ceño, preocupado.

—Ben...

—¿Y si el veterinario no sabe lo que le pasa?

—Es médico, sabrá qué hacer.

—No con Zu.

—Vamos Ben —el chico es terco, y Susan sabe que no lo arrancará del umbral de la entrada. No sin darle alguna seguridad de que su mascota estará a salvo sin él—... Oye, si Zu empeora, iré a buscarte y lo llevaremos juntos al veterinario. ¿Te parece eso mejor? Ben menea la cabeza, aún dubitativo. Susan trata de adivinar qué pasa por su cabecita, pero es imposible descubrirlo. No con Ben.

—¿Por qué no? —inquiere. Empieza a desesperar, y mira su reloj de pulsera con impaciencia.

—Porque Zu es especial...

—¿A qué te refieres?

—Mamá, ¿es malo si Zu se ha comido a Turbo?

Turbo es el pez tropical de Ben. Susan abre la boca, sin saber qué decir.

—¿Zu se ha comido a Turbo? —Ben asiente—. ¿Y por eso se ha puesto malo? —Ben vuelve a asentir—. Bueno, los hámster no comen peces...

—¿Ni tampoco gatos?

Susan vacila, desconcertada.

—¿Gatos...?

—Merendó a Plata la semana pasada —Plata es la gata de la familia, y lleva varios días desaparecida.

—Ben, eso es imposible.

Ben menea la cabeza.

—No lo es, se comió a Plata.

Susan guarda silencio, muy seria. Entonces se levanta, coge a Ben de la mano y se dirige a su habitación. Anda con paso enérgico por el pasillo.

—Mamá, ¿qué pasa?

Susan no contesta, tira de él, con el corazón latiendo fuerte en el pecho. Cuando abre la puerta del dormitorio de su hijo, busca con ojos ansiosos la jaula del hámster. Normalmente está en el alféizar de la ventana... Localiza la pecera. Turbo no está.

—¿Dónde está Zu?

—Lo he puesto junto a mi cama, para que esté más calentito...

Susan avanza dentro del cuarto y bordea la cama, hasta localizar la jaula. Está sobre la alfombra. Zu está fuera, grande, muy grande. Al menos pesará dos kilos... Al verla, alza la cabeza y sus ojos negros y redondos la observan. Entre sus patas sostiene algo.

Susan se cubre la boca con la mano.

—¿Papá...? —murmura Ben.

Zu suelta lo que se está comiendo y se limpia el morro con fruición. Sobre la alfombra queda un trozo de carne, a medio devorar. Susan contempla llena de estupor la alianza dorada que brilla en el suelo, junto a un montón de huesos blancos y romos.

#Bocaditosdesuspense