• Maite R. Ochotorena

Relato: «No sabes volar»


—Si tienes valor, salta —le dice Truman a su amigo «Vencejo». Le llaman así porque se mueve tan rápido como un vencejo, aunque no es tan listo, eso se sabe en cuanto se le conoce mejor. Truman y él son amigos desde los tres años, sabe que es muy crédulo, por eso le desafía cada vez que puede con algún reto para tontos. Con éste último tal vez se está excediendo, pero quiere ver qué hace «Vencejo»—. Vamos, salta, o serás un cobarde delante de todos, cuando se lo cuente. Mira de reojo al resto del grupo de amigos, que están a pocos pasos.


«Vencejo» se asoma por encima de las rocas y mira hacia el abismo. Desde donde están no alcanza a ver el fondo, una sombra confusa que se pierde muy, muy abajo. Se vuelve hacia Truman con la incredulidad pintada en el semblante. Es tonto, pero no tanto.

—¿Por qué quieres que salte? ¿No ves que me mataría?

—No lo harás, si saltas, te darás cuenta de que en realidad no hay tanta caída, es una ilusión óptica.

Truman lo dice con tanta seguridad, que «Vencejo» duda. Al fin y al cabo, Truman no va a desearle ningún mal, ¿verdad?

—Salta tú primero —sugiere—, y yo lo haré detrás-

—No, esto debes hacerlo tú solo, «Vencejo». Así demostrarás que tienes valor, y yo sabré que confías en mí.

«Vencejo» vuelve a mirar hacia el fondo del despeñadero. Una corriente de aire helada asciende hasta golpearle en el rostro. Adelanta un pie. Algunos guijarros se precipitan abajo. Los ve caer y caer... No los oye cuando se estrellan contra el suelo.

Un escalofrío le recorre la espalda.

No hay duda. Truman le está tomando el pelo. Ahora se vuelve hacia él con el ceño fruncido. Está ofendido y decepcionado.

—¿Y tú eres mi mejor amigo? —Truman sonríe—. ¿Por qué siempre tratas de hacerme quedar en ridículo?

—Venga no te enfades —Truman le pasa el brazo por encima del hombro y le sacude con camaradería—... Es una prueba fácil...

—¿Para ver si soy tan tonto como crees?

«Vencejo» no se deja embaucar por el gesto amigable de Truman.

—Bueno, es verdad que me gusta tomarte el pelo, pero no esta vez. Te prometo que no hay tanta distancia como parece, apenas un metro.

—Y una mierda, un metro...

—Cobardica...

—¡Mentiroso!

«Vencejo» se zafa del brazo de Truman y retrocede.

—¡Cobardica! —insiste Truman. De pronto siente la necesidad de ir más allá, y grita, y lo repite una y otra vez, los ojos brillantes y las mejillas rojas por la exaltación—. ¡Cobardica! ¡Cobardica!

A «Vencejo» se le escapan algunas lágrimas y mira alrededor. Sus amigos Mike, Janice y Denzel les observan sin decir nada. «Vencejo» se había olvidado de ellos... Les mira suplicante, pero ninguno hace ni dice nada. Nota en la expresión de sus rostros que esperan a ver qué hace. Ellos también quieren que salte...

—Mentiroso...

«Vencejo» retrocede. Quiere alejarse del peligroso borde del precipicio.

—¡Cobarde!

Ahora todos se mofan de él, todos, sin excepción. Ni siquiera Janice, que suele ser más amable y cariñosa con él, le defiende esta vez.

—¡«Vencejo» vuela como un páaaajarooooo! ¡«Vencejo» vuela como un páaaajarooooo! —repiten a coro.

Entonces «Vencejo» se gira, es muy rápido, y hace honor a su mote. Agarra a Truman y le empuja con inusitada fuerza para un chico de diez años. Su amigo abre los ojos, despavorido, y lanza un grito de terror justo antes de precipitarse por el barranco. Su cuerpo cae velozmente y desaparece. «Vencejo», pálido, trata de oír cómo su cuerpo golpea el suelo, pero el abismo le devuelve silencio... Como ha ocurrido con los guijarros, no se escucha nada.

A su espalda, Mike, Janice y Denzel enmudecen.

—Al parecer Truman no sabe volar —dice «Vencejo».

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