• Maite R. Ochotorena

Relato: «La pesadilla de Gregori»



Está tendido de bruces en el suelo de su dormitorio, a los pies de la cama, con la vista nublada y la respiración ronca borbotando en la garganta.

Sólo se escucha el tic-tac del reloj en la mesilla de noche. Son las cuatro de la madrugada.

Gregori apoya las manos en el suelo y trata de incorporarse, pero está mareado y los brazos son como dos juncos quebradizos a punto de partirse. Abandona el intento y permanece como está, con la mejilla apoyada en la tarima de madera.

¿Qué ha pasado?

Tose un poco, pero el borboteo en la garganta no desaparece, más bien se escucha como un estertor en el silencio, por encima del sonido del reloj-despertador.

¿Y si llama a su mujer? Debe de estar profundamente dormida…

—Annie… ¿Annie…?

Gregori trata de mirar hacia arriba, pero no puede mover la cabeza. Apenas logra entornar los ojos. El borde de la colcha de la cama cuelga muy cerca. Desde donde está ve sus zapatillas, una boca abajo, la otra de costado junto a la pata de la mesilla, tal y como las ha dejado al acostarse.

—…Annie… ¡Annie…! —alza la voz, pero le sale rota, ésa no es su voz, ni siquiera la reconoce.

Su mujer se mueve. Así que sí que está en la habitación, aunque tan dormida… que no le oye. Annie siempre ha tenido un sueño profundo. Podría caer un meteorito sobre la casa y ella no despertaría.

Gregori parpadea desesperado.

Entonces siente algo hormigueando sobre la espalda, como si una hilera de insectos correteara por ella, en un ascenso zigzagueante imparable... Quiere moverse, sacudir las piernas, pero tiene los músculos acartonados. Sus brazos y piernas son piedras ancladas al suelo. Una gran presión le obliga a boquear. Se siente aplastado, como si algo muy pesado le estuviera asfixiando…

—…joder… ¡Annie…!

Su mujer, su preciosa mujer, se revuelve bajo el edredón. Ahora empieza a roncar un poco, señal de que está, en efecto, profundamente dormida.

Gregori se agita. Repta unos centímetros.

Entonces se ve reflejado en el espejo de cuerpo entero que instalaron el año anterior, grande y cuadrado, desde el techo hasta el suelo...

Una sombra se cierne sobre él, algo oscuro, informe… Gregori grita, pero el borboteo en la garganta ahoga su voz, que se extingue en la paz del dormitorio.

Horrorizado, se da cuenta de que ese… «algo», es lo que le mantiene anclado al suelo. De pronto lo ve desplazarse hacia la cama. Se cierne sobre Annie. Siente una sórdida amenaza. Se le acelera la respiración, le hace hiperventilar. Trata de moverse, de chillar, pero está atrapado en un cuerpo inútil de cartón-piedra.

Sólo puede mirar.

La forma oscura, más oscura que la oscuridad de la noche que puebla la estancia, se posa sobre Annie, una nube desdibujada que cambia, se espesa y se diluye… A Gregori le parece que se tumba sobre ella. Horrorizado, se da cuenta de lo que está apunto de pasar.

En su mente estalla un aullido desesperado de impotencia.

Esa «cosa», se aprovecha de que Annie está tumbada boca arriba, y la posee… Se mueve sobre ella, que gime y se revuelve sin despertar. Sus piernas se separan, la sombra se apodera de ella, forzándola, una y otra vez…

Gregori aúlla. Lo ve todo en el espejo. Es una piedra inerte ridículamente posada en el suelo, como una colilla… Las lágrimas ruedan por sus mejillas y humedecen el suelo.

El reloj despertador marca las seis cuando todo acaba.

De pronto Gregori se siente liberado. La sombra desaparece, se desvanece, y él recupera la movilidad.

Enseguida se levanta. Se tambalea… Mira alrededor. No hay nada fuera de lugar… como si hubiera soñado que «algo» violaba a su mujer…

Annie…

Gregori se precipita sobre ella, toca la piel de su frente… Fría, helada… La toma por los hombros y la sacude…

—¡Annie! —ahora su voz suena alta y desesperada—. ¡Annie!

Annie no responde. Annie no tiene pulso. Yace sin vida sobre la cama.

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