• Maite R. Ochotorena

Relato: «Entre amigas no hay secretos»



Hay confianza. Entre dos buenas amigas, siempre hay confianza. Por eso la dejo pasar, porque la aprecio, porque llevamos juntas desde los siete años, porque cree conocer todos mis secretos, porque conozco todos sus secretos.

Laila, es más alta que yo. Siempre me han dado envidia esos diez centímetros con los que me lleva ventaja, a la hora, por ejemplo, de ver un espectáculo con un tipo melenudo delante. Aunque sé que ser bajita también tiene su aquel, cuando ella me mira desde arriba no puedo evitar sentir rencor.

Laila menea su larga melena castaña al caminar, tiene un pelo tan maravilloso… Cuando Laila parpadea el candor de sus ojos verdes me atrapa, a ti también, si te detienes un instante y permites que te mire de verdad.

Pero, sobre todo, Laila es mi amiga, y hay confianza, por eso la dejo pasar. Por eso, y porque siempre me pregunto cuándo habrá más.

Atraviesa el salón, sacude su pelo ondulado, y tuerce la cabeza con gracia. Sus densas pestañas filtran la luz de la tarde, que se cuela por la ventana, y me parece que hay estrellas suspendidas en ellas. Se sienta en el sofá… La habitación entera se ilumina, el sol abraza su figura y la cubre de oro.

Es Laila. Sólo ella puede llenar un espacio así.

—No me lo puedo creer…

—¿Qué es lo que no puedes creer? —al menos está sentada, y ya no me avasalla desde su atalaya.

—…Delfo. ¿Cuándo pensabas contármelo?

Me pregunto cómo lo sabe… ¿Otra vez? Yo aún no se lo he dicho a nadie. Me quedo mirándola sin comprender, atosigada por la duda y el desconcierto… y una rabia incipiente. Laila exhibe esa mirada recriminatoria, y da unas palmaditas en el asiento. Quiere que me siente a su lado y jugar a las confidencias.

—…no sé cómo te has enterado, Laila.

—Joder, ¿qué esperabas? —al ver mi expresión, sus reproches retroceden. No me siento a su lado, y ella aparta la mano y se echa atrás, recostándose en el respaldo de mi sofá—. Vale… Me lo ha contado el propio Delfo. Me llamó anoche.

—¿Qué? Venga ya… ¿Por qué iba a llamarte a ti?

—Quería saber qué opino, porque no sabe qué hacer con lo que pasó contigo.

Abro los ojos, incrédula. Imagino la escena, Delfo atrapado en los labios de Laila, acudiendo a ella a llorarle como un bebé, bebiendo sus consejos. Delfo llamándola porque en el fondo es con ella con quien quiere acostarse… Empiezo a notar el calor en mis mejillas, y el despecho me arranca algunas lágrimas. Me niego a dejarlas correr, así que hago un esfuerzo y las retengo. Clavo mi peor mirada en los ojos de mi amiga. Hay confianza, ¿o no? No puede ser que Laila se haya prestado al juego de Delfo. No puede ser que no se haya dado cuenta de que ha tratado de ligar con ella. ¿Así que se acostó conmigo sólo para acercarse a mi mejor amiga?

—…qué capullo… —rumio. Me siento en una butaca, delante de Laila, y agacho los ojos hasta prenderlos en la alfombra, avergonzada.

—¿Capullo? No, sólo está confuso… Me dijo algunas cosas de ti…

—Ya… —me mofo.

—No, en serio, estaba trastornado. Tiene miedo.

El silencio se establece entre nosotras dos. No sé qué decir, y Laila intuye de pronto que quizás se ha equivocado al venirme con los cuentos de Delfo. La castigo un poco más con mi mudo enfado.

—…oye, ¿pasa algo? —Laila ya no sonríe. Siento sus ojos clavados en mí, su incomprensión, su inquietud, y me regodeo en ello. Ahora yo tengo el control—… ¿He dicho algo que no deba?

—Bueno, es evidente que Delfo está por ti. ¿Cómo explicas si no que nada más acostarse conmigo te llame para pedirte consejo, si hasta ayer mismo no sabías ni que existía?

—Sí que lo sabía…

—No, yo lo sabía, y él. Tú no.

Laila lo medita. Ahora está molesta, lo sé.

—Bueno, pues eres mi amiga. Si este asunto va a interponerse entre nosotras, la próxima vez que me llame no pienso cogerle. No pensé que te sentirías así…

—¿Así, como?

—No lo sé… ¿Celosa?

Me encojo de hombros. ¿Celosa yo? ¿Por qué iba a sentirme celosa? Suelto un bufido y me río. Laila me sigue y se ríe también, pero está nerviosa. Algo se ha enfriado entre nosotras. Ahora el sol ya no arranca destellos de su dorada melena. Sus pestañas permanecen en la sombra, a oscuras.

—Siempre pasa lo mismo, Laila. Cada vez que un tío se interesa por mí, acaba llamándote, o queda contigo para hablarte de mí… ¡Qué casualidad! Apuesto lo que quieras, a que Delfo te vuelve a llamar y te propone una cita de amigos, porque claro, tiene miedo…

Laila lo medita.

—¿Es así como lo ves? ¿Crees que yo te robo los novios, o algo así?

—Creo que te encanta que vayan corriendo a hablarte de mí, que te hace sentir importante, y que no te importa apartarlos de mi lado.

—Yo no hago eso…

—Sí lo haces. ¿Qué paso con Dani?

—Dani fue caso aparte…

—Pero le besaste, en mi cumpleaños, delante de mí.

—…iba algo borracha… Ya me disculpé, ¿por qué vuelves a sacar eso ahora?

—…y Samuel… ¿Te acostaste con él borracha? Yo creo que no…

—Samuel me gustaba tanto como a ti, ¡y tú lo sabías!

—Me escogió primero, y no dudaste en meterte en sus calzoncillos, ¡en cuanto se te arrimó!

Laila tiene las mejillas ardiendo, sus ojos verdes imploran, su boca forma una «o», no sabe qué decir. Sacude el cabello, pero ya no hay destellos en sus hebras sedosas, no para mí.

Bueno, aún hay confianza, por eso me permito decirle estas cosas. Mejor no guardarse la basura, mejor sacarla a relucir, sólo así habrá paz. Somos amigas, hermanas, quiero que cambie de actitud, que deje de seducir a todos los chicos que me gustan. O tal vez esté harta.

—Delfo me dijo algo más —murmura a media voz. Entrelaza los dedos en el regazo y se inclina hacia delante. Sus largas piernas, esbeltas y bien torneadas, rozan las mías—… Me dijo que quisiste sorberle la sangre.

Se me escapa una carcajada histriónica. ¿Así que ese estúpido se lo ha contado? Laila abre la boca y la cierra, atónita ante mi reacción. Sigo riéndome un rato. Luego me voy calmando.

—¿De qué te ríes?

—Delfo es un niñato, y un blando…

—Ah, ¿pero es cierto?

—¿Que le sorbí la sangre?

—Que quisiste hacerlo…

—Sólo bebí un poco. Ni siquiera le dejé marcas…

—Me prometiste que no volverías a hacerlo…

—Yo nunca cumplo mis promesas y lo sabes.

—Me prometiste que no volverías a hacerlo, ¿o ya no te acuerdas de Dani?

—Dani era diferente. Se me fue la mano, pero no con Delfo. He tenido cuidado.

—Joder, Susi… Delfo dice que le sorbiste la sangre hasta dejarle sin sentido… ¿Qué es tener cuidado para ti?

—No matarle. Eso es tener cuidado.

Laila pestañea, y frunce sus rojos labios, tensos, repletos de cordura. Se levanta y da unas vueltas por mi salón, de brazos cruzados. Parece abatida e incómoda, y yo me alegro.

—Susi, no puedes seguir así.

—Ni tú. Es la última vez que te inmiscuyes en mis asuntos amorosos.

Ella levanta una mano y junta los dedos índice y corazón.

—Vale, lo prometo… Tú no volverás a comportarte así…

—Así cómo…

—¡Como una lunática! Joder, ¡que vas por ahí mordiendo a los tíos! ¿Te crees una vampira? ¡Acabarán denunciándote!

—Hago lo que me gusta —me encojo de hombros. ¿Qué sabrá ella?

—¿Qué le digo a Delfo?

—Que si quiere vivir otro día más deje de llamarte. Y que no me llame tampoco a mí.

Me levanto y me acerco a Laila, hasta encararme a ella. Sus diez centímetros me sobrepasan, pero alzo la mirada y le reviento esos ojos verdes con los míos, del color del sol. Ahora la desafío. Alzo la mano y junto los dedos índice y corazón, como ha hecho ella hace un momento. Repaso con esos dos dedos la piel de su cuello, y sigo por su clavícula, hasta el hombro desnudo. Tiene una piel tan suave…

—¿Susi? ¿Qué te pasa…?

—Somos amigas…

Laila asiente, pero duda.

—Hay confianza…

Me pongo de puntillas y la beso en los labios. No saben a nada. Sentía curiosidad, nada más. Ahora me ha decepcionado.

—Qué haces…

—Una prueba.

—¿Te van las chicas…?

Me río otra vez. Pestañeo como ella, y sacudo mi corta melena rubia.

—No, no me van. Pensaba que tal vez tú me ibas, eres tan condenadamente guapa…

—Joder Susi, me estás poniendo nerviosa…

—¿Sí?

Profundizo en sus encantadores ojos verdes y libero mis emociones. Ya es hora de que sepa quién soy de verdad. Laila, Laila… Ella baila en la luz de la tarde, el sol la arrebata, hay un aura brillante en torno a su cuerpo esbelto. Laila, mi amiga, mi hermana… Y aún no sabe quién soy.

Me llevo la mano al pantalón, y rescato mi navaja. Siempre la llevo en la cinturilla, a la espalda. Ella no lo sabe. Cree que me conoce, pero no… La empuño con fuerza, sin dejar de mirar esos ojos asustados, expectantes. Sonrío, y ella me imita automáticamente. Su móvil suena, y deja que lo haga. No contesta, no se atreve. Me alegro. Ahora soy yo la que lleva el control.

Me acerco un poco más. Ahora estoy pegada a ella, tan cerca que siento su calor. Adelanto la nariz y huelo su perfume…

—Susi… Joder, qué haces…

—Matarte…

El filo de mi navaja se hunde en su corazón, hasta la empuñadura. Laila boquea sorprendida, su piel se vuelve lívida, sus ojos se abren, se le arquean las cejas, sus músculos se contraen, se le dilatan las pupilas, luego se le relaja la cara, abre la boca… la beso, y bebo su último aliento.

Ahora sí… Ahora sí que siento algo…

#relatos #Intriga

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