• Maite R. Ochotorena

Relato: «El destino de Inma Bergger»



La soledad.

Inma Bergger balancea su vejez, arropada en una manta gastada, con el cuello del grueso jersey de lana acunado en la garganta y los guantes conteniendo el dolor de sus huesos.

Inma Bergger se balancea en el porche de la cabaña.

Desde allí domina el paisaje nevado. Es un paisaje yermo, abierto y desolado.

Y la soledad.

Domina la soledad.

Su soledad.

La domina, del mismo modo en que el corazón domina su vida, mientras continúe latiendo.

Más allá del porche está el vacío del mundo. Más allá están las montañas y los bosques, eternamente envueltos en la bruma. Más allá reside el inalcanzable sueño de los hombres que miran al horizonte con esperanza.

Ella ya no alberga esperanzas ni sueños.

Sabe que todo lo que es... ya fue. Todo lo que tiene es el presente, y el silencio.

Su mecedora cruje sobre las tablas del porche.

Sostiene una escopeta en el regazo, sobre el delantal, sobre sus frágiles piernas de anciana. Lo agarra como el que acuna un gato que duerme confiado, enroscado en un bucle cálido.

Inma vigila.

Espera una sola cosa.

La muerte.

Tiene un compañero, el dolor.

La muerte está por llegar, pero no la teme. No a esa muerte. Teme la otra muerte, la que llega traicionera, la que se anticipa a tu tiempo, la que se precipita sobre tu destino sin estar escrita.

El dolor es su compañero, pero tampoco lo teme. Le tiene más miedo al dolor que llega desconocido, el que te infligen otros, el dolor imprevisto y voraz, heraldo del que arrebata la vida.

Inma vigila.

Espera paciente.

Alguien ronda. Lleva haciéndolo varios días. Sus huellas destacan en la nieve inmaculada, rodean la cabaña. Le deja obsequios en la puerta. Un ratón muerto un día, un ala rota otro, una culebra, una rana, un zorro atravesado con una rama… el asta de un ciervo… En cierta ocasión la ha agasajado con el feto de un lobo extraído del vientre de su madre, aún unido a su cordón umbilical…

Ese alguien saborea ya su triunfo, se anticipa, regodeándose en el poder que le otorga aquel páramo solitario, alejado de jueces y testigos.

Inma entrecierra los ojos gastados, azules como el hielo. Atisba el paisaje nevado. Su aliento emana calmo y perecedero de su boca entreabierta. Suaves volutas vaporosas se pierden en el aire inmóvil de esa mañana de enero. El sol se derrama amable sobre su blancura perfecta.

Sonríe.

Está allí, muy cerca. Huele su presencia, como la presa ventea a su depredador. Se da impulso y se mece un poco más. Sus manos enguantadas aferran con fuerza la escopeta. Sus huesos se resienten, hace frío. Pero quiere estar en el porche, y no dentro, vulnerable en su butaca.

La cabaña es chivata. Tan vieja como ella, cruje y se lamenta.

Cuando el depredador quiere acercarse por la espalda y sorprenderla, Inma ya sabe dónde está. El chasquido de las cuadernas resecas y heladas de la cabaña anticipan su presencia.

No se mueve.

Le oye acercarse. Sus pasos son cautos, como los de una sombra que desprecia la blancura nevada.

Espera, y enseguida percibe su respiración. Sus oídos aún funcionan bien. Está muy cerca.

Espera.

Entonces ve su sombra. Se proyecta larga y negra sobre ella. Luego ve sus botas mugrientas, y al fin la muerte pasa a su lado y se coloca delante.

Al fin cara a cara.

Es un hombre, semidesnudo. Sólo un hombre, con el torso huesudo al descubierto y el rostro encuadrado por un sombrero de cazador, los ojos fríos fijos en ella. Lleva en su mano un largo cuchillo de hoja curvada. Inma es observadora. Percibe la sangre en sus dedos, reseca de mil muertes, incrustada bajo sus uñas como el recuerdo del cazador furtivo que arrebata la vida sin medida. La hoja del cuchillo también está ensangrentada.

Le mira con calma.

No se mueve, ¿adónde iría? Sus piernas son quebradizas y sus músculos hace tiempo que no responden. Continúa meciéndose sobre el porche, desafiante ante el asesino.

Él sonríe.

Sus dientes amarillos asoman detrás de unos labios rojos muy finos. Su odiosa nariz abultada destaca prominente y torcida en un rostro demasiado enjuto.

Da un paso hacia ella.

Inma tiene su escopeta, y sabe usarla.

La coge con cuidado y pone la culata sobre el suelo, apuntándose a sí misma, mientras el asesino la observa en silencio.

Ese silencio se prolonga un instante.

—Hoy no vas a cazar —dice Inma con sencillez.

Cierra los ojos.

Aprieta el gatillo y el disparo revienta su cabeza.

© 2018 Maite R. Ochotorena

#relatos #Intriga #Drama

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