• Maite R. Ochotorena

Relato: «El puesto número dos»



Las dos mujeres cotorrean sin cesar, de una mesa a la otra. Anselmo puede escuchar perfectamente todo lo que dicen. Hay cuatro puestos para atender a las personas, pero sólo están ellas dos, en el puesto uno y el dos; el tres y el cuarto están vacíos. Es viernes y los viernes nunca hay demasiada gente.

La del puesto dos es altanera, y sus ojos maliciosos recorren la oficina de Hacienda pasando por encima de Anselmo, como si no le viera. Pero él «sabe» que ella «sabe» que está ahí, esperando desde hace un buen rato. No le cabe duda de que le ignora abiertamente, sin disimulo. Incluso disfruta con ello.

—…que esos días me los reservo para ir a la playa —le está diciendo a su amiga—, a algún rinconcito como el del año pasado, que lo pasamos estupendamente, y ya te digo que me importa un rábano si a Agustín le gusta o no la playa, que ya te digo yo que ése traga sí o sí. ¡Veinte años llevo yo haciendo lo que a él le da la gana! ¿no? ¡Pues ahora me toca a mí!

—¡Ay hija! Que no se va a quejar, si el año pasado vino tan contento…

—…ya, de cara a la galería, ¡vamos! Luego hay que aguantarle en casa… ¡El año pasado se tiró quince días de morros! Me amargó la vuelta, la verdad…

—¡Ay que ver! Con lo bueno que parece…

—Es bueno, pero si se trata de ir a la playa… Nunca le ha gustado, y yo ya estoy harta, oye. No va a ser siempre lo que él quiera. Así que este año, mira, va a tragar, ¡sí o sí! —se ríen las dos, y Anselmo bufa de impaciencia.

Mira el reloj. Lleva ya quince minutos esperando, sentado en solitario. Se siente idiota. Además, en nada serán las dos, y a esa hora cierran Hacienda. Se revuelve con fuerza, adrede, para que las dos urracas vean que está ahí, y que tiene prisa. La de la playa le mira de reojo y le ignora otra vez, incluso se sonríe… Sigue cotorreando tranquilamente con su compañera.

—…¿y tú? ¿A dónde piensas ir?

Anselmo se horroriza. A esa pregunta, sin lugar a dudas, le van a seguir otros quince minutos de charla, mientras él se muere allí esperando para hacer los papeles de IVA. ¿Es que esas mujeres no tienen conciencia de lo que vale el tiempo para un autónomo?

—…ay, no sé, chica, no me decido, ¿Tú qué opinas? Es que mi marido anda pachucho, y no sé si llevarle a algún balneario…

—¿A un balneario? ¡Ni hablar! Tú vete a donde a ti te plazca, ¡estaría bueno! —Anselmo no puede creer lo que le está pasando. Reza para que no le toque la de la playa, que ocupa el puesto número dos. Tiene cara de arpía y se nota que le encanta hacerle esperar—. ¡Hazme caso y escoge un plan que te guste a ti!

Se ríen las dos.

Anselmo ya no escucha. La furia le sube desde las entrañas, atraviesa su estómago, y se atasca en su garganta… Se congestiona, cada vez más nervioso. Hace media hora que debería estar en su oficina, trabajando. Se levanta y mira a las dos funcionarias con cara de pocos amigos. Al fin, la del puesto número dos se da por aludida. Quedan cinco minutos para las dos.

—…bueno hija, voy a atender, que esto es un «sinvivir», no nos dejan ni respirar —dice en tono lo bastante alto para que él la oiga. ¡Horror! ¿Le va a tocar ella, precisamente ella, que es evidente que odia su trabajo?—. A ver, por favor, pase por aquí.

Adopta un aire aburrido y de fastidio. Anselmo se acerca, coge la silla que hay junto al puesto, y se sienta. Se arma de paciencia y se dice que lo mejor es acabar cuanto antes y obviar el mal comportamiento de esa bruja.

—A ver, ¿qué se le ofrece? —dice con brusquedad. Las maneras de esa mujer son nefastas, y Anselmo se pone nervioso.

—Quería saber cómo tengo que presentar los papeles del IVA, no sé si tengo que hacerlo trimestral o…

—¡Harrrrrta me tenéis! ¿Cuántas veces tengo que explicar lo mismo? ¿Es que no sabe usted lo que tiene que hacer o no con su empresa? ¡Vamos hombre! ¡Que yo no estoy aquí para darle un curso a usted!

—Oiga, que usted está para atender y ayudar, y yo he venido de buenas maneras… —Anselmo está ofendido, y cada vez más rabioso.

—¡A ver, traiga sus papeles!

Anselmo le acerca su carpeta con toda la documentación, y ella se la arranca de las manos de malas maneras. Pasa un rato estudiándola, bufando y de vez en cuando lanzándole una mirada despectiva.

—…mentira me parece que no sepa usted si tiene que presentar el IVA trimestral o no… ¡A ver! ¡Tiene usted que rellenar este formulario!

—¿Pero es trimestral o…?

—¡Pues claro! ¿Es que no lo ve? ¡Y encima viene a última hora! ¡El último día!

—Oiga, un poco de respeto… que llevo más de media hora ahí esperando mientras usted y su compañera se dedicaban a cotorrear…

—¡Pero cómo se atreve!

—Pues me atrevo porque usted está aquí de cara al público y se debe a nosotros, ¡que yo soy autónomo y mi tiempo vale mucho más que sus dilemas sobre sus vacaciones! ¿O se cree que necesito saber algo sobre usted y sus planes de playa?

—¿Quiere que llame a seguridad? ¡Porque lo haré!

—Llame, ande, llame, que les cuente lo bien que me está atendiendo usted… señora…

Anselmo estira el cuello para leer el nombre de la funcionaria en la chapita que lleva en la pechera de su chaqueta. Enriqueta Sargento Gutiérrez… ¿Será un chiste? Pero no se ríe, está demasiado irritado.

—¿Me está amenazando?

—Usted verá, «señora Sargento» —dice con retintín—… lo mismo le pongo una reclamación ahora mismo…

—¿Usted a mí? ¿A mí, que llevo treinta años trabajando aquí? ¡Soy una veterana, honrada y trabajadora! ¡Y usted, que pretende ser un profesional, viene sin saber cuáles son sus obligaciones fiscales!

—Para eso está usted, para informar…

—¡Ah, no! ¡Yo estoy para hacer los trámites, no para dar cursos a la gente ignorante que abre empresas sin molestarse en aprender cuáles son sus obligaciones fiscales!

Anselmo ya no puede más… Hierve de indignación… Entonces se medio levanta, dispuesto a poner su reclamación. La compañera del puesto número uno ha desaparecido.

—¡Qué! —exclama la bruja.

—Quiero poner una reclamación.

—¡No se moleste, ahora mismo llamo a seguridad!

—¡Venga, llame a seguridad! —estalla Anselmo—. ¡Ya tengo ganas de ver cómo explica su comportamiento!

La funcionaria coge el teléfono y marca para avisar. Le tiemblan las manos, roja de indignación y soberbia… Anselmo está de pie, incrédulo, furibundo…

Entonces la señora Sargento palidece. Ha visto algo que debe de estar detrás de él. Anselmo se vuelve, y se encuentra a un hombre mayor, de unos setenta años, armado con una recortada. Sus ojos ensangrentados están fijos en su presa, la señora Sargento. Llora, las lágrimas le corren a raudales por las mejillas, y le tiemblan los labios. A Anselmo le da lástima.

El anciano apunta a la señora, y ésta alza las manos, ahora sumisa y acobardada. Se medio levanta… No, el cambio que se ha operado en ella es increíble, no parece la misma. Ya no es arrogante, ahora siente pánico.

—…tú… Por tu culpa lo he perdido todo, bicho inmundo… ¿Qué me queda, si me habéis embargado mi cuenta y me han quitado mi casa? —murmura el anciano—. Dormir en la calle, eso me queda… y todo porque no quisiste firmar un puñetero recurso, porque llegué dos minutos tarde y tenías que irte a comer, ¿verdad? Oh, qué te importa a ti si un pobre viejo se queda sin hogar…

Entonces levanta la recortada, y en el preciso instante en que llegan los de seguridad, dispara. La detonación sacude a Anselmo, seca y breve. Una ancha sonrisa se extiende por el rostro poblado de arrugas del viejo…

—…ahora al menos no tendré que dormir en la calle —mira a Anselmo, y suelta el arma. Sonríe con tristeza—… Disculpe las molestias, joven… Tenía cuentas pendientes con esa mujer.

#relatos #Intriga

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