• Maite R. Ochotorena

Relato: «Siete ratones y el gato»



El hombre arrastraba los pies al caminar, y se encorvaba levemente hacia su lado derecho, como si llevara más peso en esa parte de su cuerpo. Le vieron cruzar la calle despacio, con el periódico debajo del brazo y el sombrero calado hasta los ojos, unos ojos que brillaban como dos ascuas a punto de apagarse, bajo el resplandor de la única farola que alumbraba la calle. Sus pasos resonaron huecos y espaciados en el silencio nocturno. Ellos aguardaban, agazapados tras una esquina. Los siete.

La figura alta y enjuta, envuelta en su abrigo negro, como una sombra desagradable, alcanzó el portal de su casa, en un edificio solitario fuera del barrio donde ellos jugaban y crecían yendo al colegio de la mano de sus padres y abuelos. Los siete habían perdido algo, los siete sabían, guardaban un secreto, y ese secreto estaba en aquel instante delante de ellos, ajeno a ellos.

Observaron sin respirar cómo era el hombre que estaba sembrando de pánico el barrio. Estudiaron su aspecto, sí, algo siniestro, pero no sospechoso, su leve cojera… Vieron que sus ropas no eran nuevas, sino que estaban gastadas, y que le coronaba cierto aura de tristeza que incluso entonces, sabiendo lo que sabían, les inclinaba hacia la misericordia. Se tragaron la lástima y recordaron.

Aquel hombre oscuro, a punto de sacar las llaves del bolsillo de su abrigo, parado en el portal, era el mismo que la semana anterior había asesinado a Lucy, la hermana menor de Michael, el mismo que había violado y torturado hasta la muerte al pequeño Jonás, el que había ahogado en la acequia al ciego de los Munroe, de sólo siete años, el que se escondía en las sombras asediando a los niños y niñas del barrio, codiciando sus vidas… Aquel hombre, con su periódico bajo el brazo, en un gesto cotidiano que le apartaba de las sospechas, era el culpable de tantas pérdidas, del llanto amargo en los dormitorios, del miedo en los juegos… Los siete se asomaban incrédulos desde aquella esquina, y en sus corazones había terror, rencor, dudas, sorpresa…

Le vieron abrir el portal y desaparecer en el hueco oscuro. Luego hubo un golpe seco y la puerta se cerró. Los siete chicos se apartaron de la esquina y se dispersaron en todas direcciones, cada uno a su casa. No tenían prisa ahora que sabían quién era la sombra depredadora que les asediaba en las tardes cortas de invierno.

Ninguno saldría ya a jugar, estaban prevenidos, y habían hecho correr el rumor de que ningún niño saliera más allá de las seis de la tarde a la calle, ni siquiera para hacer un recado. El barrio lucía un aire hostil, vacío y lóbrego sin risas ni carreras, sin balones de fútbol, sin cuerdas, sin pelotas ni trifulcas… La muerte señoreaba las casas y sus ventanas brillaban en la oscuridad de la noche, ocultando un horrible drama tras las cortinas.

El hombre entró en casa y arrojó con desgana el periódico sobre el mueble de entrada. A continuación tiró las llaves en el plato que había sobre la mesa, y se quitó el abrigo y el sombrero. Miró el reloj. Eran las ocho. Se desperezó, bostezó, se fue al frigorífico y lo abrió, buscando una cerveza. En la puerta, de un blanco sucio plastificado, había algunas fotos de niños y niñas del barrio con los que había estado jugando. Sonrió al verlas, pero esa sonrisa duró poco. Luego cogió una botella, la abrió y echó un largo trago. La casa estaba silenciosa. Demasiado… Eso le hizo pensar que algo iba mal.

Se acercó con su caminar lento y costoso hasta el armario empotrado que tenía en el vestíbulo. Pegó el oído a la puerta. No se escuchaba nada. Ya no había lamentos, ni quejidos, ni súplicas… Sólo un inmenso vacío que le llenó de zozobra. Era demasiado pronto.

Sacó una pequeña llave de latón del bolsillo de sus pantalones raídos y la metió en la cerradura. Hubo un chasquido, y la puerta cedió. Estiró una mano huesuda de largos dedos, y tiró del cordón que encendía una bombilla suspendida del techo dentro del armario. La figura de un niño pequeño de unos diez años yacía acurrucada en el suelo, sobre un jergón. Estaba inmóvil.

Le dio un puntapié. Nada. Se agachó y le zarandeó. Nada. Se le había ido antes de tiempo… Rugió, sus ojos brillaron en aquel hueco que hedía a orines y muerte, porque le había costado mucho atrapar a aquel mugroso crío y ahora iba a tener que volver a salir e insistir… Y los chicos del barrio eran ahora mucho más precavidos.

Estaba contrariado, muy contrariado… Agarró al niño por los pies y tiró de él, arrastrando su cuerpecito inánime por el pasillo hasta la sala. Allí había una gran puerta de cristal, y tras ella se veía un patio deslucido, a través de cuyo pavimento de piedra crecían las malas hierbas. Las zarzas cubrían el muro alto que lo cerraba. Abrió la puerta y sacó el niño sin vida, lo llevó de mala manera a través del patio, como el que arrastra un fardo, hasta alcanzar una angosta puerta de madera. Para cruzarla tenía que agacharse mucho, y le dolía la espalda… pero lo hizo. Al otro lado discurría un arroyo contaminado de aguas negras, ancho y profundo, cuya corriente arrastraría el cadáver del chiquillo lejos de allí. Lo arrojó al fondo y el cuerpo provocó un chapoteo antes de hundirse. Luego emergió, flotando como un corcho, y se alejó corriente abajo…

El hombre se limpió las manos en los pantalones, cerró la portezuela y regresó a la casa, donde echó dos o tres largos tragos de su cerveza, hasta acabarla. Entonces se quedó mudo y quieto en medio de su salón sin muebles. Las paredes empapeladas, llenas de desgarrones mustios y descoloridos, le contemplaron. Se había quedado sin diversión. Y además ya era tarde. Había anochecido.

Sólo podía retirarse a dormir y esperar hasta el día siguiente. Al atardecer saldría de su guarida y capturaría algún otro chicuelo despistado.

Atrapar, atrapar, arrastrar, encerrar, jugar… Su juego negro, su juego sin horas, el juego de la muerte, él siempre ganaba…

Maxwell estaba entretenido junto a la antigua piscina, ahora vacía y cubierta de hojas marchitas, tan desgastada por el tiempo y la falta de uso que sus paredes lucían boquetes y desconchones feos, grietas arañando su fondo hediondo. A él no parecía importarle el aspecto de aquel lugar solitario, estaba abstraído, en cuclillas, escarbando en la tierra negruzca, entre las hierbas ralas que aún crecían allí.

Canturreaba en voz baja mientras hurgaba con los dedos, cogiendo lombrices que luego metía en un bote de cristal que tenía abierto a su lado.

Eran las seis, y el sol bajaba en el horizonte, y con él iba menguando la luz del día y crecían las sombras.

Maxwell no vio el hombre tras la tapia que daba paso a la piscina, no vio su sombrero negro, ni su rostro alargado y aquellos ojos sin expresión fijos en él. Tampoco sintió el peligro cuando ese hombre salió de su escondrijo en la tapia y avanzó hacia él arrastrando los pies. Su sombra, alargada por los últimos rayos de sol, rozó su cuerpo menudo, y él canturreaba, tan entretenido…

Cuando el hombre llegó a su lado, el sol al fin se ocultó, y una extraña penumbra lo cubrió todo, ni de día ni de noche, la hora bruja en la que desaparecían los chavales del barrio. El hombre se inclinó con un saco burdo y raído en las manos y lo extendió sobre Maxwell sin que éste se apercibiera de lo que ocurría. No parecía ver la oscuridad sobre su cabeza, ni sentir la figura siniestra a su espalda…

Sin embargo, cuando el saco cayó sobre él, sonrió.

El hombre no vio su sonrisa triunfal. Se carcajeó, una risa seca y estentórea que se expandió en las cuatro direcciones, norte, sur, este y oeste…

Entonces, desde las cuatro esquinas de aquel lugar, surgieron seis chicos y chicas, todos delgados y humildes, unos más altos que otros, unos con siete años, otros con diez, ninguno pasaba de los once… El hombre soltó a Maxwell y los miró bajo su sombrero negro. Dudó. Estaba extrañado.

Dio un paso atrás.

Ellos un paso adelante.

Maxwell salió del saco y se levantó. Ahora eran siete. El hombre los vio avanzar, le rodearon…

—…ahora vas a pagar —murmuró Michael—… Por Lucy, por Jonás, por Annie, por Charlie, por Bruno…

—…y por mi hermano Dani —dijo otro…

Eran muchachos flacuchos, de cabellos desgreñados y ojos vivaces. El hombre no se movió. Vacilaba sorprendido, encorvado sobre su costado derecho. Entonces levantó aquel rostro anguloso y pálido hacia el cielo y soltó una carcajada poderosa, como un lobo que aúlla a la luna…

Aquello desencadenó la furia.

Los siete chicuelos corrieron a una. De pronto lucían en sus manos palos y cuchillos, y no había miedo ni duda en su mirada. Saltaron sobre el asesino y el hombre desapareció bajo sus golpes. Hubo un tumulto, gemidos, gritos audaces, súplicas…

Cuando al fin se apartaron, todo quedó en silencio. Tenían las mejillas encendidas y un aire triunfal en sus rostros. El hombre era un amasijo informe bajo su abrigo desgarrado, rotos brazos y piernas, descompuesto el rostro infame, el sombrero aplastado y las manos retorcidas en el barro. Uno de los chicos escupió sobre él, luego dieron media vuelta y abandonaron la piscina, seguros de que los juegos de aquel hombre oscuro, al atardecer, habían terminado.

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