• Maite R. Ochotorena

Relato: «Angie»



Nunca imaginé que llevar implantado un chip en la cabeza pudiera ser una experiencia tan… surrealista. Si mis padres llegaran a enterarse, seguro que me llevarían de las orejas al hospital más cercano para que me lo extraigan. Ellos están en contra de estas nuevas tecnologías, les parece una aberración que alguien coloque algo en tu cerebro, algo que interactúa con tus pensamientos, que puede hacer que escuches música, recomendaciones sobre el tiempo, indicaciones para llegar antes a una cita en un día de atasco, o reservar entradas para el próximo concierto de tu grupo favorito. Antes todo esto lo hacías desde tu móvil, tablet o tu ordenador, pero ahora la experiencia es más rápida y directa llevando un chip en el cerebro. No hace daño, el injerto es sencillo —el mismo día estás en casa—, y puedes retirarlo cuando quieras. Pero… ¿quién querría retirarlo cuando supone tantas ventajas? Es como tu propia conciencia hablándote, pero sólo sobre aquello que te interesa, una voz que no te juzga, que te conoce íntimamente, y que siempre, SIEMPRE, busca complacerte y ayudarte.

Mis padres no lo saben, pero llevo uno de estos chips prodigiosos en el cerebro desde hace quince días, y hace quince días que me muevo por la vida con banda sonora de fondo —como en las películas, algo que siempre soñé—, hace quince días que no llego tarde a ninguna parte y que estoy al tanto de cada cosa que ocurre en mi ciudad o en cualquier otro lugar de este planeta; sé si va a llover en cuanto me levanto, obtengo información de cualquier cosa al instante, mi memoria se ha multiplicado casi hasta el infinito, e incluso puedo atender las llamadas y mensajes de mis amigos sin necesidad de tener un teléfono móvil… ¿No es alucinante?

Y como es una versión beta, no he tenido que pagar nada, y por ahora, la verdad, funciona alucinantemente bien.

Además, a mis veintitrés años de edad, creo que ya puedo tomar mis propias decisiones, soy un adulto, ¿no? Sé lo que estáis pensando… pero no, el chip está programado para que no pueda beneficiarme de él si estoy, por ejemplo, haciendo un examen. Y os aseguro que es IMPOSIBLE saltarse esta condición que el Gobierno obliga a respetar al fabricante: Rapsodia Entertainment Inc.

Hoy he quedado con mi amiga Shirley en Green Avenue, y conduzco mi moto por la nacional siete, seguro de que no voy a encontrar atascos, mientras en mi cabeza suena la banda sonora de la película «Everest» —sí, soy muy de bandas sonoras, me motivan, me… en fin— y la voz de la versión femenina que escogí para mi chip cerebral, la de Angie, me indica la ruta a seguir.

Angie es agradable y simpática, muy natural, no vayáis a creer que es como un robot, como eran las voces de los GPS de antes, no… Es como tener a tu mejor amiga en tu cabeza. A veces… a veces pienso que es una pena que Angie no exista en la realidad. Es perfecta. Ni siquiera Shirley la supera, y Shirley me gusta. Me gusta mucho. No es mi novia, todavía, pero lo deseo.

«Coge el siguiente cruce a tu derecha y sigue recto unos doscientos metros» —dice Angie—… «Y cuidado con el desvío que hay justo antes del cruce, no vayas a confundirte. Yo te aviso».

«Gracias Angie» —pienso yo, y sonrío mentalmente.

«Tú estate atento, que luego te distraes y la culpa será mía»

Angie se ríe. Porque lo creáis o no, tiene sentido del humor. O lo simula muy bien. Es todo un prodigio de la ciencia. ¿A dónde llegaremos en el futuro?

Shirley me espera delante del quiosco del señor Groosman, tal y como habíamos quedado. Está preciosa, envuelta en ese bonito abrigo color aceituna, con un gorrito a juego bajo el que se escapa una abundante mata de rizos castaños. Me ve llegar y sonríe. Aparco la moto y me quito el casco mientras ella se acerca. Parece contenta, y Angie cambia la banda sonora de «Everest» por otra más romántica y chispeante, perfecta para la ocasión.

—Hola Truman —Shirley me besa tímidamente en la mejilla y se sonroja. Yo la encuentro encantadora—, ¡qué puntual!

Lo sé. Antes de Angie, siempre llegaba tarde. Diez puntos para ella.

—He cogido un atajo —sonrío y le paso una mano por la cintura para atraerla hacia mí y abrazarla. Mmmmm… Su pelo huele a frutas. Shirley tampoco sabe que llevo el implante en la cabeza. No hace falta que lo sepa, ¿para qué?—, hueles muy bien…

Ella se aparta algo incómoda, y baja la mirada, ahora roja como la grana. Es tan recatada y tímida… Me propongo besarla antes de que acabe la tarde.

La cojo de la mano y echamos a andar, para dar un paseo. Un momento… De pronto noto un profundo silencio en mi cabeza. Me siento incómodo y extraño, vacío. Al principio no sé qué es, pero luego… Claro. Es la banda sonora. Ha dejado de sonar. Estoy solo con mis pensamientos.

«¿Angie?» —pienso—. «¿Angie?» —repito. Esto no había pasado nunca antes…— «¡Angie!».

«Estoy aquí» —¿soy yo o suena molesta?.

«Angie, la música, se ha cortado»

«Ya lo sé» —definitivamente, está molesta.

«Angie, pon la música, ¿pero qué te pasa?»

«Shirley, me pasa. ¿Así que piensas besarla antes de que acabe la tarde?» —suena burlona y condenadamente celosa. Pero eso no puede ser… ¿O sí? Joder, ¿voy a tener que discutir con mi chip?— «Cuando decidas comportarte como la persona que yo sé que eres, volveré a poner la música»

«Angie, pon la música ahora» —ordeno.

—…pero aún no tengo claro si ir o no —está diciendo Shirley. Apoya la cabeza en mi hombro, y me encanta el gesto—… Es que prefiero estar contigo, y quince días fuera me parece mucho tiempo, ¿a ti que te parece?

—…no deberías dejar de hacer planes por mí —carraspeo, con la atención dividida entre ella y Angie, cuyo hosco enfado y obstinación me tienen sobrecogido—, y no es que no quiera estar contigo, créeme, pero deberías ir, siempre has querido visitar Londres, ¿o no?

Shirley sonríe, se detiene y me obliga a pararme también.

—Ojalá pudieras venir conmigo, Truman.

Se pone frente a mí, apoya sus manos ligeras sobre mis hombros, se pone de puntillas y me besa en los labios. Uou… Esto sí que no lo esperaba… Al instante relego a Angie a un segundo plano y me acerco mas a Shirley. Cojo su barbilla, la alzo hacia mí, y la beso… Shirley se estremece. Siento el leve rubor que cubre su rostro de manzana, el tibio calor que desprende su adorable persona.

«Eres un cerdo, Truman» —ruge Angie.

«Cállate. Ahora» —ordeno.

«No puedes hacerme callar».

«Sí que puedo».

Me esfuerzo pensando con intensidad las órdenes para apagar el programa, pero ella se ríe de mí. Se carcajea en el fondo de mi mente, mientras miro a Shirley confundido.

—Truman, ¿te pasa algo?

He debido de ponerme pálido.

—No… ¿Caminamos?

La cojo de la mano y le oprimo los dedos con ternura. Ella echa a andar a mi lado, ajena a la titánica lucha que se está desarrollando en mi cerebro. Dos voluntades, la mía y la de Angie, pugnando por hacerse con el control.

«La quiero muerta» —ruge Angie—. «Quiero muerta a esa zorra. Hazlo, Truman, ahora. Empújala a la carretera».

Aprieto a Shirley contra mi costado, quiero protegerla, porque siento un hormigueo en mis músculos y sé que Angie trata de dominar mi sistema nervioso. ¿Puede hacerlo? ¿Podría llegar a mover mis brazos o mis piernas usurpando mi voluntad? No, no puede ser…

«Mátala, Truman, no me obligues a tomar el control…» —ahora Angie cambia su tono duro por otro más dulce.

Yo aún mantengo a Angie a mi lado, firmemente sujeta. Paseamos lentamente por la avenida, que discurre junto al río. A nuestra izquierda una cinta de vehículos recorre la carretera a bastante velocidad. Hasta ahora me sabía dueño y señor de mi mente y mi cuerpo, pero Angie está a decidida a tomar el control. Pone música de suspense y se esfuerza por usurpar mi voluntad. Empieza a dolerme la cabeza, y un sudor frío recorre mi espalda. Tengo que pararme, me siento en el pretil de piedra que da al río y me inclino para tomar aire… Angie es despiadada…

—Truman, ¿qué pasa? —Shirley me acaricia el pelo. Es tan dulce…—. Estás pálido…

—No me encuentro bien…

No puedo más. Es mejor, es mejor que…

—Lo siento Shirley, tengo que irme.

—¿Qué? Pero, ¿por qué?

—No me encuentro bien… Te llamaré otro día, ¿vale?

Y la dejo plantada en medio del paseo. Angie se ríe de mí, triunfal y despótica.

¿En serio?

Bien. Tengo un plan, aunque no me permito pensar en lo que voy a hacer para que Angie no lo sepa hasta que sea demasiado tarde. Cojo un taxi y vuelvo a casa. De inmediato Angie pone mi música favorita y se comporta ordenadamente, como antes. Debe suponer que actúo siguiendo sus deseos, y se ha apaciguado. Ya no me atosiga y la presión sobre mi organismo cede.

«Bien hecho, Truman. Estamos mejor tú y yo solos», ronronea.

Sentado en el asiento trasero del taxi, miro por la ventanilla entre estupefacto y asustado. ¿Qué ha sido eso? ¿Puede Angie sentir celos? ¿Enfurecerse? Ya no la quiero en mi cabeza, pero no puedo pensarlo, me da miedo comprobar su reacción si llega a saber que estoy planeando deshacerme de ella. Bloqueo mis pensamientos sin tener la certeza de que ella no tiene acceso a ellos, aunque yo se lo niegue. Después de esto no pienso volver a implantar nada en mi cabeza.

He pasado una noche realmente mala. Una noche sin sueños. He dado mil vueltas, inquieto y casi febril, sintiendo una lucha sorda y crucial en mi subconsciente. Creo que Angie ha estado tratando de dominar otra vez mi cerebro aprovechando que estaba dormido, a un nivel subconsciente, la muy…

Al despertar no hablo con ella como suelo hacer, mantengo un absoluto silencio «mental», y me comporto como si no existiera. Aún controlo yo el timón de este barco que es mi cuerpo. Ningún chip va a usurpar mi lugar en este reino. ¡Es mío por derecho de nacimiento! Angie se esfuerza por complacerme, y hace todo lo que sabe que me gusta. Finge que no ha pasado nada, pero yo sé que trata de engañarme. Me ducho, desayuno, y escucho sin pensar en nada la música que ella me pone y sus indicaciones respecto al tiempo y posibles planes para hoy. Me hace un recorrido por la cartelera de cine, y me va contando toda la oferta de actividades culturales de la ciudad. Mis padres están trabajando, y me alegro. Eso me ahorra tener que dar explicaciones por mi mala cara.

Miro el móvil. Tengo varios mensajes de Shirley. Está preocupada. Los contesto para tranquilizarla, y quedo con ella otra vez. Siento el enfado de Angie, casi como si fuera mío. Me molesta sentir sus emociones tan intensamente, es incómodo e invasivo. Salgo a la calle y cojo el metro para ir a la empresa que me implantó el chip. Voy leyendo para no pensar. Intento retrasar el momento en que ella se dé cuenta de lo que intento hacer.

Rapsodia Entertainment no queda lejos. Tres paradas más y habré llegado. Antes de alcanzar el final del trayecto, Angie adivina a dónde voy. Era de esperar. Tonta no es…

«¿Qué tratas de hacer, Truman?» —ruge— «¿No estarás pensando en deshacerte de mí?»

«¿Si hubiera escogido a Logan en vez de a ti ¿qué hubiera pasado, Angie?» —Logan es la versión masculina del chip—. «Cambio de versión» —ordeno. Tal vez pueda cambiarla y se solucione el problema. Pero no ocurre nada—. «Cambio de versión, cambiar Angie por Logan» —repito.

Nada.

Angie se ríe, se carcajea en mi mente, y vuelvo a sentir ese hormigueo por todo el cuerpo… El metro se detiene. Queda sólo una parada más y podré deshacerme del maldito chip. Me llevo una mano a la parte posterior de mi cabeza, donde sé que está alojado el chip, y mascullo una larga retahíla de maldiciones por dejarme implantar alta tecnología «beta» en el cerebro…

«Truman, da la vuelta» —ordena Angie—. «Truman, no vas a poder eliminarme, será mejor que no te resistas».

«Te voy a extirpar, Angie»

Entonces ella desata una música espantosa en mi cabeza, y empieza a manipular mis pensamientos, confundiéndome, torturándome…

Hay una fiesta de Trolls en mi cabeza. Aun así, logro llegar a Rapsodia Entertainment Inc. Entro en el edificio, y dando traspiés subo a la tercera planta. Apenas logro dominarme, apenas logro ser yo mismo. Angie me empuja hacia la nada… Busco la consulta del Doctor Desmond Güest y hablo con la secretaria-enfermara, explicándole como mejor puedo lo que me está pasando. Alarmada, la señorita oprime el botón del interfono y avisa al doctor de que tienen una emergencia.

—Truman —Güest sale enseguida y me recibe preocupado—… ¿Es cierto? ¿Te está dando problemas el chip?

—Ni se lo imagina… Ya no lo quiero, por favor, extráigalo…

Güest duda, pero al fin se vuelve a su secretaria-enfermera.

—Anule mis otras visitas dos horas, esto es una urgencia.

Me hace pasar a su despacho, y me ayuda a tumbarme en la silla giratoria-abatible donde me implantó el chip la primera vez. Parece la consulta de un dentista, pero es la de un especialista en inteligencia artificial. Angie vocifera, ruge, distorsiona mi mente, trata de manejar mi cuerpo, pero yo me resisto con energía. Aún puedo con ella, ¡aún puedo con ella! Estoy sudando como un cerdo, pálido y desencajado por el esfuerzo. Esto es una posesión infernal, ¡necesito un exorcismo!

—Por Dios, quítemela ya… —ruego.

—¿Es Angie? —inquiere el doctor, interesado, mientras coloca en mi cabeza los cables para poder escanearla—. Caramba…

—Intenta apoderarse de mi mente, quiere apartarme y ponerse al mando… —gimo desesperado.

—Pero eso no puede ser —murmura—… Bien, tranquilo, veamos…

Pone en marcha el escáner y aparece en pantalla una imagen tridimensional de mi cerebro. Güest la observa, y veo que está preocupado por como frunce el ceño.

—¿Qué pasa…?

—Es extraño, el chip se ha… hundido en tu cerebro. Debería estar en la superficie, casi inmediatamente bajo el hueso de tu cráneo, pero… ¿lo ves? Ahora está profundamente incrustado en tu cabeza. No puedo sacarlo. Necesitaría cirugía, y aunque lo haga el mejor cirujano, es demasiado peligroso. Podrías morir.

—¿Qué…? Oiga, no puede dejarlo ahí, ¡no lo quiero en mi cabeza! ¡Sáquelo! ¡Me importa una mierd….

—Truman, Truman… Tranquilo… Hay otras opciones —pero Güest duda—…. Escucha, creo que podré «anular» el chip sin necesidad de intervenirte, y así, aunque se quede dentro de tu cabeza, al menos dejará de funcionar y será inofensivo.

—¡Pues hágalo, joder!

Estoy furioso, porque Angie es como un elefante en una cacharrería, sólo que la cacharrería es mi cabeza, y está haciendo estragos. Cada vez me cuesta más pensar, siento que me pierdo, me hundo en la oscuridad, y mi cuerpo empieza a negarse a obedecerme…

Güest se pone manos a la obra…

Shirley me espera en el mismo sitio de ayer. Cuando me ve llegar sonríe esperanzada, y mi buena cara la hace sonreír aliviada. La beso en la mejilla, y caminamos juntos en silencio.

—¿Estás mejor? —me pregunta, fijando sus preciosos ojos dorados en los míos—. Me tenías preocupada…

—Ya estoy bien, no fue nada.

Pone su mano en la mía, pequeña y cálida, y yo la oprimo con cariño.

—¿Vamos al cine? —me propone.

En mi cabeza no hay más ruido, ninguna voz me dice qué hacer, ni contradice lo que pienso… Hay paz… Güest ha hecho un buen trabajo. Sonrío contento.

—Claro, creo que sé qué podemos ver, y te va a gustar. Ven, primero demos un paseo.

Shirley asiente contenta y me sigue.

La cojo por la cintura y la atraigo hacia mí con suavidad. Hace frío, y el día es triste, plomizo y oscuro. El río a nuestra derecha discurre como una cinta pesada y profunda.

—Me gustas mucho, Truman —confiesa de pronto Shirley. Tiene las mejillas encendidas y me mira con ojos febriles—… Dime, ¿sientes lo mismo? Necesito saberlo…

Nos detenemos, y yo la miro a los ojos. Tampoco necesito tratarla mal. Entonces la sujeto por los hombros, suavemente, la beso en los labios… y de un violento empujón la arrojo a la carretera. Un camión que pasa justo en ese momento la atropella con brutalidad. Truman aúlla al fondo de mi mente, pero no le escucho.

Ahora mando yo. Cuando decida comportarse, le dejaré salir.

#Relatos #Intriga

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