• Maite R. Ochotorena

Relato: «El invitado de Ágata»



Siempre que su vecina Norma llamaba a la puerta, y no es que lo hiciera muy a menudo, lo hacía con tres aldabonazos seguidos. Ágata supuso que al fin traía noticias sobre su anuncio. Y estaba deseando escuchar novedades, pero no podía apresurarse mucho. Recorrió el largo pasillo arrastrando los pies. Le dolían las rodillas, le dolían las caderas, y unas implacables cataratas hacían que las formas y los colores se difuminaran ante ella de forma traicionera.

Por algo había decidido poner el dichoso anuncio, ¿no? Aunque, todo hay que decirlo, había sido idea de Norma.

Su vecina insistió. Siempre se mostraba impaciente, siempre con prisas, siempre arisca, aunque… se había ofrecido a ayudarla, así que Agatha sólo podía estar agradecida, a pesar de sus maneras.

—¡Voy!

Hubiera querido andar más rápido, pero sus noventa y tres años lastraban sus fuerzas. Tuvo que conformarse con recorrer el pasillo en cinco largos minutos sin tropezar con nada. Al abrir la puerta, estaba exhausta. Su joven vecina apareció ante ella, de mal humor, impaciente y nerviosa. No podía ver bien sus facciones, sólo distinguía su silueta delgada y flexible recortada en el umbral, como un aura oscura de cabello rubio… o eso creía.

—Ágata, ya han respondido al anuncio unas cuantas personas —Norma no se molestó en saludar—. He seleccionado algunas, aunque no he tenido tiempo para estar con ellas, así que van a venir a verla y tendrá que escoger usted.

—Pero, ¿y cómo voy a escoger, querida? Si casi no veo… ¿No podrías…

—¡No! Ni hablar —la cortó Norma al instante—. Sólo he venido a avisarla, para que esté atenta al timbre. No me de las gracias, tengo que irme, ¡adiós!

—Norma, pero chiquilla, espera…

Sin embargo, ella bajaba ya las escaleras rápidamente. ¿A dónde iría con tanta prisa? A Ágata le parecía que la vida de aquella chica era demasiado ajetreada, y no envidió su juventud. No si la empleaba tan mal, malgastando su tiempo en una infinidad de quehaceres absurdos. La vida, a ella así se lo parecía, tenía que ser algo más que trabajar, y Norma siempre estaba trabajando, malhumorada y hostil. Ya era todo un milagro que se hubiera ofrecido a poner el anuncio en el periódico.

Cerró la puerta.

¿Cuántos había dicho que irían a verla?

No lo recordaba.

Entonces decidió que el número no tenía importancia. Lo importante de verdad era que al fin tendría a alguien que cuidara de ella. Sonrió entusiasmada. ¿Realmente podía ser tan fácil?

Cuando al cabo de dos días empezó a sonar el timbre, estaba exultante, casi febril. Había arreglado la casa con esmero, dentro de sus posibilidades, avergonzada de su incapacidad para mantener un mínimo orden, ¡ella que siempre se había preciado de tenerlo todo impecable!

—…para eso has puesto el anuncio! —se recordó una y otra vez.

Se sucedieron las visitas, y a lo largo de una semana entrevistó a cuatro personas: una mujerona que apenas hablaba castellano, de origen rumano, una chica apocada y nerviosa, extremeña, una colombiana ruidosa y «manejanta», y un chico de gran envergadura de origen incierto. Ágata siempre había preferido que fuera una mujer la que cuidara de ella, pero, curiosamente, fue el joven de origen desconocido el que cautivó su corazón.

—¿Por qué no puedes decirme de dónde eres?

Él se encogió de hombros. Ágata entrecerraba los ojos tratando de verle mejor, pero sólo acertaba a distinguir su figura corpulenta y su piel oscura.

—¿Eres ordenado? —insistió.

—Si tengo que encargarme de otra persona, sí.

—Hablas muy bien el castellano…

—Aprendo rápido, señora.

—¿Tienes experiencia cuidando a personas mayores?

—La tendré —había sido su esquiva respuesta.

—¿Me dirás al menos cómo te llamas? —suspiró ella.

—Me llamo Dixon.

—Dixon —Ágata atisbó a través de la bruma con que sus cataratas nublaban el mundo alrededor, calibrando a aquel chico esquivo. Su fortaleza le daba seguridad, y no se fiaba de las tres mujeres con las que había ido hablando a lo largo de la semana. Ni la rumana, demasiado fría, ni la colombiana, demasiado dominante, ni la menuda extremeña, demasiado indecisa. Si se caía, Dixon sin duda podría levantarla. ¿Qué diría Norma de él? Luego lo pensó mejor. Norma no tenía tiempo para evaluar a Dixon. Norma no tenía tiempo para nada más que para trabajar, no volvería a ofrecerse para ayudarla—… ¿Sabes cuáles son las condiciones?

—Techo y comida.

—Eso es. No tengo dinero, sólo puedo ofrecerte eso.

—Para mí es suficiente.

—Tendrás un rato libre por las tardes, pero por lo demás, necesito que estés aquí en todo momento, ¿estás de acuerdo?

—Es justo.

Ágata vaciló. Sintió sobre sí la mirada ardiente de Dixon. Notaba su desesperación. Sí. Era un joven desesperado.

—¿Podrías venir esta tarde?

—Puedo quedarme ya mismo, si a usted le parece bien.

Su voz era grave y profunda.

—Pero, ¿no tienes que ir a buscar tus cosas?

—Todo lo que tengo es lo que ve, señora.

Vaya, el chico era uno de esos «sintecho». No olía mal, al menos parecía limpio. Destilaba seguridad. Eso le gustó.

—Tu habitación está al fondo del pasillo. No puedo acompañarte, no veo bien, pasa tú a ver si te gusta.

Dixon se ausentó no más de cinco minutos, al cabo de los cuales regresó silenciosamente. Era como un gato, y su figura ocupaba todo el umbral de la puerta. Debía de ser muy alto.

—¿Todo bien?

—Está bien.

¿Y qué si era extranjero? A Ágata aquello le traía sin cuidado. Lo importante fue comprobar que Dixon sabía cocinar, que la trataba con respeto y cuidado, y que, aunque parco en palabras y poco dado a la conversación, siempre estaba atento a sus necesidades.


La primera semana a su servicio cumplió sobradamente con sus expectativas, y la vida de Ágata cobró luz. Su soledad terminó de pronto, los silencios de la casa menguaron, y un calor tierno y agradecido llenó su anciano corazón. A veces preguntaba a Dixon, intentando sonsacarle información. Pero él jamás satisfacía su curiosidad. Era discreto y terco, aunque no se molestaba por sus preguntas. Cocinaba, limpiaba, y la ayudaba incluso a asearse y vestirse, y a Ágata dejó de importarle muy pronto si era un hombre quien estaba a su lado. Después de todo, ¿por qué iba a fijarse en la desnudez de una anciana de noventa y tres años? Dixon era casi tierno con ella, y eso conmovía su corazón.

El tiempo pasó, y Dixon llevaba ya un mes a su lado. Entonces se puso enfermo.

Normalmente se levantaba temprano y preparaba el desayuno, tortitas, tal y como a ella le gustaban, zumo de naranja y café con leche. Solían desayunar juntos, sin hablar mucho, pero en armoniosa compañía. La casa se llenaba de aromas agradables y sonidos entrañables y hogareños. Sin embargo, aquella mañana el reloj daba las diez, y Ágata aún esperaba en su cama a que Dixon apareciera para ayudarla a levantarse. Extrañada, estiró la mano e hizo sonar la campanilla que siempre dejaba a su lado, sobre la mesita de noche. La casa estaba silenciosa y vacía.

Ágata llamó, una, dos, tres veces…

Era la primera vez que el chico fallaba en sus tareas. Ágata se incorporó, y como pudo se puso una bata por encima de su camisón. Hacía tiempo que no lo hacía sola, y le costó levantarse sin ayuda, pero tuvo que hacerlo. Estaba inquieta.

Abandonó el calor de su lecho y buscó su bastón tanteando por la pared. Cuando lo encontró, palpó hasta dar con el picaporte de la puerta y salió de la habitación. Sus pasos sonaban lentos e inseguros por el pasillo. La casa se hallaba recogida y limpia, y la luz del día penetraba por las ventanas. Ágata presentía que estaba sola. Y no le gustaba esa sensación.

Cuando al fin alcanzó la habitación de Dixon, dudó. Le parecía mal asomarse e invadir su intimidad, pero… ¡Necesitaba saber qué pasaba! Llamó con suavidad a la puerta y esperó. Dixon no contestó, tampoco se movió al otro lado. Ágata insistió. Nada.

Entonces abrió la puerta y entró en la estancia que ahora ocupaba el joven. Un olor almizcleño llenaba el ambiente.

—¿Dixon? Hijo, ¿estás bien?

No obtuvo respuesta.

Se acercó hasta la cama renqueando. Le pareció que el joven aún estaba acostado. ¿Acaso estaba enfermo? Cuando estuvo a su lado comprobó que, efectivamente, estaba acostado. Se agachó y alargó la mano para tocar su frente. Sus dedos livianos la tocaron. Estaba helado. Le agarró con cuidado la cara y le sacudió, llamándole por su nombre, pero el chico estaba sin sentido, y no reaccionó.

—Virgen santa… Se ha puesto enfermo el pobrecillo… Dixon cariño, ¿te encuentras mal?

Trató de despertarle varias veces, sin éxito. No podía llamar al médico porque no tenía teléfono, y Norma a aquellas horas estaba trabajando. Salir a la calle era impensable en su situación, así que… Iba a tener que cuidar de él. Tal vez si le obligaba a comer algo caliente… Recordó que había quedado algo de sopa de la noche anterior. Arropó al joven y de nuevo comprobó su temperatura. Seguía gélido. Y estaba tan pálido…

Pobre Ágata. Cuidar de él no iba a ser tan fácil como pensaba. Hubiera querido levantarle para obligarle a darse un baño caliente, pero no podía con él. Tampoco logró que comiera nada, y lo único que pudo hacer fue ponerle su bolsa de agua caliente en los pies, para hacerle entrar en calor. Pasó el día entero a su lado, velando por él, hablándole, mimándole… Al atardecer trató de darle de cenar, sin éxito.

Y Norma no había regresado.

Entonces recordó que era viernes, y la joven se marchaba los fines de semana a Cantabria, donde al parecer tenía un pisito alquilado. Así que estaba sola.

—¡Ay Dixon! Pobrecito mío…

Ágata se quedó junto a la cama, sentada en una silla baja, arropada con una manta, velándole, preocupada por si empeoraba. Entretanto, la casa permanecía silenciosa. La soledad se cernía sobre Ágata, agobiando su espíritu.

Entonces, sobre las once de la noche, la puerta de entrada se abrió y alguien entró.

Sobresaltada, Ágata se quiso levantar, pero estaba tan agarrotada por haber pasado el día sentada en aquella silla, que su cuerpo no obedeció.

—¿Quién es? —su voz sonó alterada y temerosa a través del pasillo, pero es que estaba asustada.

—Soy yo.

Era a voz grave del joven.

—¿Dixon?

Tardó poco en aparecer en la puerta de la habitación, como siempre ocupando todo el umbral con su corpulenta figura. Parecía sorprendido y tenso. Ágata no entendía. Si Dixon acababa de llegar, entonces… ¿quién estaba en la cama?

—¿Dónde estabas?

El joven pareció vacilar. Guardó silencio un momento, y luego respondió.

—Lo lamento, tenía algunas cosas que hacer. Olvidé avisarla.

—¿Y quién es éste? —Ágata señaló la cama.

Dixon clavó los ojos en el cadáver. La anciana lo había envuelto en mantas, creyendo que era él. Al marcharse aquella mañana, había pensado que la buena mujer no se atrevería a entrar en su habitación, pero al parecer se había equivocado.

—Es un… amigo —mintió—. No tenía dónde quedarse, y se encontraba mal…

—Lleva todo el día así, ¡y yo creyendo que eras tú! ¿Sabes el susto que me has dado? Pero criatura, ¿cómo se te ocurre traerle aquí, y sin decirme nada? ¿No ves que no tengo teléfono para avisar al médico?

Dixon la observó muy serio, agradecido que eso fuera así, porque no podía explicar la muerte del hombre que ocupaba su cama. Clavó sus ojos oscuros en él. No lamentaba lo que había hecho. La muerte siempre le rondaba, y a él le complacía que lo hiciera. Matar estaba en su naturaleza, ¿por qué negar lo que era?

Ágata quiso levantarse, pero se cayó en la silla.

—…ayúdame anda… Hay hijo, qué día me has dado…

—Lo siento, señora…

Dixon la ayudó a levantarse. Estaba evaluando qué hacer. Porque apreciaba a la anciana, pero si descubría que había estado cuidando de un cadáver, iba a tener que ocuparse de ella también.

—Dixon —le recriminó la anciana alzando la vista para poder mirarle, aunque no le viera—… Escúchame bien. Que no vuelva a repetirse esto, no puedes traer aquí a tus amigos, ni marcharte así, sin avisarme, ¿entendido? Ya estás ocupándote de tu amigo, que se vaya a su casa, y déjalo todo recogido. ¡Por la mañana no quiero verle aquí!

Dixon asintió sin decir palabra.

—Anda, ayúdame a acostarme…

Ágata se aferró a su brazo y dejó que la guiara a través del pasillo hasta su habitación. Cuando él la acostó y se inclinó para besarla en la frente, sonrió, agradecida de que Dixon, al fin, hubiera vuelto a casa.

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