• Maite R. Ochotorena

Relato: «El anciano señor Hulber»


Hay una calle, Paddington Street, que recorre mi ciudad de norte a sur como si de un río sinuoso se tratara. Serpentea esquivando las construcciones más antiguas, y en algunos tramos se hunde en el subsuelo durante un trecho, largo y oscuro, hasta emerger al otro lado de una plaza o un monumento. Es desde luego una calle estrecha y lóbrega, y pasadas las siete de la tarde a nadie que yo conozca le apetece pasear por ella, como si en sus esquinas se ocultara algún depredador, o como si uno pudiera perderse en ella, cosa que es imposible, porque no tiene desvíos ni hay posibilidad de confundirse.

A mí no me queda otro remedio que tomarla para regresar a mi casa cada día desde el trabajo. No suelo hacerlo sola. Siempre trato de ir acompañada, y normalmente es Ruby quien se ofrece a venir conmigo. ¡Bendita Ruby! Si no fuera por ella, mi paso por Paddington Street se convertiría sin duda en una pesadilla muy aburrida. Ruby hace que todo sea más fácil, y su risa alegre destierra las sombras. ¡Solemos reírnos de los miedosos que no se atreven a cruzar Paddington Street!


Hoy vamos cogidas del brazo, chismorreando sin prestar atención —intencionadamente—, a los edificios de piedra que nos observan, a la escasa luz de las farolas que se diseminan como una irregular telaraña a lo largo de todo el trayecto, o al silencio en el que se pierde el eco de nuestras risas.

—…¡y ése estúpido de Braker ni siquiera se ha acordado de coger notas de lo que Dilmore le estaba diciendo! —Ruby se rió con malicia y yo la secundé, recordando el rostro lívido del pobre Braker, nuestro compañero de oficina. Le tiene terror a la señora Dilmore, nuestra jefa, y cuando ella hace acto de presencia es incapaz de pensar—. ¿Te lo imaginas? Cualquier día se desmaya…

—…no seas perversa, Ruby, a mí también me da bastante miedo Dilmore… Y a ti también, ¡has de reconocerlo!

—Bueno, sí, pero al menos no me meo encima como Braker… Es una bruja, pero si cada vez que se dirige a ti te comportas como un pelele, ¡ten por seguro que se fijará mucho más en ti y te hará la vida imposible! ¿Por qué crees que siempre está acosando a Braker?

—¿Porque se comporta como un pelele?

—¡E-XAC-TO!

Nuestras risas se perdieron en la noche de la calle Paddington antes de llegar a la entrada del primer tramo de túnel, cuya boca, negra y fría, apareció ante nosotras de repente.

—Joder… Odio pasar por ahí —murmuré mientras me colgaba sin misericordia del brazo de Ruby—… Parece una trampa para ratones…

Sin darnos cuenta, nos habíamos quedado quietas bajo el arco semicircular que formaba la entrada. No se veía nada dentro del túnel. En cambio se escuchaban voces, varias voces, risas y golpes, distorsionadas por el efecto del eco en las paredes de piedra.

—¿Qué hacemos?

—Venga Viv, no tenemos otra forma de llegar a casa y la línea cinco aún sigue cortada —se quejó Ruby. La noté estremecerse a través de la manga de su chaqueta—. Será divertido, ¿no te acuerdas de la última vez?

Se rió, y de nuevo yo la secundé. Tenía razón, no había motivo para tener miedo. Aquella era nuestra calle.

—Enciende la linterna del móvil y hagamos mucho ruido, para que sepan que somos dos —sugirió Ruby—. Ríete y yo haré lo mismo, ¡que sepan que no tenemos miedo!

Yo asentí, saqué mi móvil del bolso, encendí la linterna, y proyecté un haz de luz duro y frío hacia la oscuridad. Las paredes de piedra, regadas de humedad y líquenes parduscos, apareció ante nosotras. Inmediatamente, comenzamos a reír y a charlar a gritos, escandalosamente, de tal modo que nuestras voces arrastraron las de quienes estaban en el pasadizo, hasta casi suplantarlas. Cogidas del brazo, nos adentramos en el túnel y avanzamos a buen paso.

Enseguida, a mitad del recorrido, nos topamos con tres o cuatro chavales merodeando alrededor de un anciano de aspecto frágil que se cubría los oídos con las manos, aterrorizado. Estaba claro que lo estaban amedrentando, tal vez por diversión, tal vez para robarle.

Yo no soy una cobarde, pero Ruby siempre me supera, y enseguida se envalentonó. No soporta que se juegue así con un ser indefenso, y su genio suele imponerse al sentido común. Al ver al pobre viejo, escuálido, envuelto en un grueso abrigo de lana, con su cabello blanco despeinado y los ojos cerrados mientras suplicaba que le dejaran pasar, no se pudo contener.

—¡Eh! ¿Qué tal si le dejáis en paz? ¡Largaos, antes de que llame a la policía!

Qué ironía…

Yo me encogí algo nerviosa y quise frenar el paso, pero Ruby me arrastró hacia delante. Ahora vi claramente que había tres muchachos, adolescentes, y que simplemente se estaban divirtiendo a costa del pobre viejo. Sus risas cesaron y nos miraron sorprendidos. Ruby parecía otra persona, y su rostro resultaba intimidatorio, he de reconocerlo. Uno de los chicos nos tiró una piedra, y luego salieron corriendo, dejando a su víctima en medio del pasadizo, desorientada y temblorosa.

—Joder… Aficionados…

Nos aproximamos hasta el anciano y lo sostuvimos entre las dos.

—¿Se encuentra bien? —los pasos de los vándalos se perdieron en la distancia, y el túnel quedó en silencio—. Qué desgraciados, meterse a sí con un pobre viejo…

—Gracias, gracias… —murmuraba el pobre hombre.

—¿Hacia dónde iba, quiere que le acompañemos?

Miré a Ruby con estupor. No me hacía gracia ir a ninguna otra parte que no fuera mi casa. ¡Teníamos planes! Pero ella parecía decidida e ignoró mi expresión de desaprobación deliberadamente.

—Iba a mi casa… Pero esos chicos…

—Tranquilo, ya se han ido, y no volverán —la determinación de Ruby era increíble—. ¿Dónde vive? Vivian y yo le acompañaremos.

—Oh, no es necesario, de veras, vivo cerca y estoy bien…

—Ni hablar, ¿vive cerca? ¿Hacia allí?

El viejo señaló con un dedo largo y escuálido en la dirección que nosotras seguíamos. Al menos vivía de camino a mi casa. Ruby le cogió de un brazo, y yo tuve que imitarla y cogerle del otro, y entre las dos le ayudamos a caminar, mientras le dábamos conversación.

Nuestros pasos resonaban al caminar sobre el suelo lleno de charcos, con un cloqueo desagradable, y la luz del móvil de Ruby apenas iluminaba dos metros por delante de nosotras, pero por suerte pudimos salir del pasaje sin más sorpresas y emerger al otro lado para continuar por la calle a cielo abierto.

Inspiré con fuerza, feliz de abandonar el claustrofóbico pasadizo. Odio los espacios cerrados.

—¿Cómo se llama, señor? —preguntó Ruby.

—Soy el señor Hulber, Nathaniel Hulber…

Ruby es una maestra entablando conversación, y sobre todo sonsacando información. Así nos enteramos de que el buen hombre vivía a dos manzanas en una casa de su propiedad, que estaba jubilado y que había sido maquinista. No le habían hecho daño, pero se había llevado un susto de muerte, y temblaba como una hoja. Parecía que sus frágiles huesos podrían romperse en cualquier momento, y le empujábamos sin esfuerzo calle adelante, porque no pesaba más de cincuenta kilos. Ruby y yo le sobrepasábamos en altura más de una cabeza.

La casa del señor Hulber apareció al cabo de cinco minutos a nuestra derecha, una villa muy coqueta, de una sola planta, con tejado a dos aguas de teja roja y brillante y paredes blancas. Un bonito jardín daba paso a la entrada. Me sorprendió ver lo cuidado que estaba, y miré al señor Hulber con ternura. Su rostro surcado por mil arrugas era como un pergamino ajado por el tiempo, pero sus ojos azules brillaban aún con vitalidad. Nos invitó amablemente a pasar un momento, y Ruby se me adelantó. Antes de que pudiera protestar, aceptó su ofrecimiento y me guiñó un ojo.

—Pueden cenar conmigo y con mi familia, es lo menos que puedo hacer por mis dos ángeles guardianes —sonrió el viejo.

—¿Su familia? Pensaba que vivía usted solo…

—Oh, no, vivo felizmente acompañado, ya lo verán.

Le guiamos a través de su jardín hasta la puerta de entrada de su casa, y el buen hombre sacó del fondo de su bolsillo del pantalón una llave de latón grande y anticuada. La metió en la cerradura tras varios intentos, y la hizo girar. La puerta se abrió, y él encendió la luz.

Un hedor insoportable nos golpeó violentamente, y las náuseas me hicieron contener una arcada.

—¿Qué es ese olor?

—Oh, se me olvidó sacar la basura… Pasad, por favor, mi casa es su casa…

—Ruby —susurré al oído de mi amiga—… Ruby, ¿qué tal si nos vamos ya? Teníamos planes… ¿Ya no te acuerdas?

—Oh, venga… No seas milindris, quiero saber más del pobre Hulber, ¿tú no?

—Pues no.

—Haz lo que quieras, vete si lo prefieres, yo me quedaré un ratito más.

Miré a Ruby con enfado, y rechiné los dientes, poco dispuesta a marcharme y recorrer Paddington Street hasta mi casa, sin plan para aquella noche. Ruby era la reina del plan sin plan, a mí me gusta más ser organizada y tenerlo todo previsto.

—Pasad, pasad, venid al salón, os presentaré a mi familia.

Hulber cerró la puerta de entrada y nos llevó a través de un recibidor amplio y sencillo, hasta una estancia amplia y oscura, cuya entrada era un gran arco abierto. Ruby y yo nos quedamos esperando en el umbral, sin poder ver nada de lo que había allí y arrugando la nariz, hasta que el anciano encendió la luz.

Me quedé helada. Miré a Ruby, buscando su expresión, pero estaba tan impresionada como yo. Allí, sentada alrededor de una gran mesa ovalada, estaba la peculiar familia de Nathaniel Hulber: siete chicas de distintas edades, sentadas cada una en su silla delante de su plato, como si estuvieran en medio de una cena. Pero esas chicas estaban muertas, en distintos grados de descomposición, y sus platos estaban repletos de comida podrida.

—Joder…

Cogí la mano de Ruby, y ella me la apretó. Vi en sus ojos una chispa de interés, y adiviné lo que estaba pensando.

—Pero pasad, ¡no os quedéis en la puerta! ¡Tendréis hambre!

Yo no podía dejar de mirar aquella escena dantesca, los siete cuerpos corruptos por la muerte, con la carne azulada llena de pústulas, los ojos abiertos sin vida… Todas las chicas estaban cuidadosamente vestidas y peinadas, y cada una había sido colocada en una postura distinta, representando una reunión en la cual estaban charlando y disfrutando. Conté de nuevo. Había siete cadáveres, una silla vacía, que supuse era la que solía ocupar el señor Hulber con su macabra familia, y aún vi espacio para dos comensales más. ¿Quién lo iba a pensar del pobre señor Hulber? ¿Era un psicópata?

Ruby abrió los ojos al descubrir que había sitio para compartir la mesa, y vi que sus mejillas enrojecían, y cómo en sus labios se dibujaba el inicio de una sonrisa. Oh, no… Aquello le estaba gustando, y yo iba a tener que aguantarme.

—Señor Hulber… ¿Es esta su familia? —siempre me sorprende el aplomo de Ruby.

—Así es, me siento muy feliz teniéndolas conmigo, siéntense, por favor…

Nos sirvió un poco de vino en dos copas y nos las ofreció.


Ruby tomó su copa. Yo la rechacé. Quería irme. Ya. Di un paso atrás, pero mi amiga me retuvo con fuerza, cogiéndome la mano con la suya. Me apretó los dedos con tanta energía que tuve que contener un gemido. Luego me empujó para que me sentara, ¡y yo lo hice! Siempre ocurre igual. ¡Odio a Ruby!

Me senté, quedando encerrada entre mi amiga, a mi derecha, y el cuerpo putrefacto de una mujer rubia a mi izquierda. Sus manos descarnadas, de cuyos dedos brotaban unas uñas largas y amarillentas, yacían inertes junto a su plato. Empecé a hiperventilar, y mi vista se nubló. No soporto los cuerpos en descomposición. El señor Hulber desapareció unos instantes, y regresó con dos platos. Luego trajo una cazuela y nos sirvió de ella una ración de carne con patatas que aún no estaba podrida. A continuación se sentó, al frente de la gran mesa, y elevó su copa de vino hacia nosotras, sus nuevas invitadas, y su horrenda familia, muda y hedionda, brindando por la suerte que había tenido de encontrarnos. Le oí contar cómo nos había conocido, y su charla resultaba antinatural, con aquel público eternamente silencioso a su alrededor. Ruby engullía su cena a mi lado con creciente interés y regocijo, y yo la miraba como si acabara de conocerla.

—Vamos Viv, ¿no comes? —me dijo con una sonrisa despreocupada—. Te prometo que nos iremos enseguida. Otro día haremos lo que a ti te gusta, lo prometo.

—¿Irse? —Hulber dejó su copa de vino y sus ojillos azules se abrieron con decepción—. ¿Irse? Oh, no, pensaba que querrían ustedes formar parte de esta familia, serían muy bienvenidas, ¿verdad queridas?

Ruby se levantó, puso una mano en mi hombro, lo apretó con cariño, y se acercó hasta el señor Hulber.

—Ha sido un placer conocerle a usted y a su maravillosa familia, señor Hulber, pero Vivian no está cómoda y creo que será mejor que nos vayamos ya —entonces cogió un cuchillo de la mesa y se lo puso al señor Hulber en la garganta—. En cualquier caso, nos ha gustado tanto su familia, que pensamos volver muy a menudo, ¿verdad Viv?

Entonces le cortó el cuello, y yo me sentí muy molesta, porque no me gustan los imprevistos, ni me gustaba aquella casa, ni aquella familia. No eran de mi estilo, y Ruby lo sabía.

El anciano se agitó unos instantes, sorprendido, y la sangre brotó de su garganta manchando la pechera de su camisa de algodón. Enseguida se desplomó hacia delante, sobre su plato. Ruby chasqueó la lengua y lo levantó con cuidado, limpiándole la cara de restos de comida. Lo colocó de manera que se sostuviera en su silla, y luego me miró, con esa mirada suya que tanto me gusta.

—Lo siento, Viv… Ya sé que no es de tu estilo, pero ¿no harías un esfuerzo por mí?

© 2017 Maite R. Ochotorena

#Relatos #Intriga

60 vistas